Los Reyes Magos de Petrita

Por: Nathaly González Guevara

Durante la noche y madrugada del seis de enero en muchas partes del mundo se respira la magia, se observa la inocencia y se cumplen millones de deseos; se destapan cajas y se oyen risas infantiles al por mayor.

Sin embargo, en muchos otros lugares la realidad es muy distinta a ese aire de júbilo, expectativas y sonrisas.

Petrita es hija única y vive con su papá en el extremo más alejado de la mixteca baja, enclavada en la sierra oaxaqueña en un pequeño jacalito, su mamá murió cuando Petrita era apenas una bebita y solo ha visitado su tumba una vez.

Ni por asomo sabe leer ni escribir, solo sabe contar un poquito: del uno al ocho, esto porque tiene ocho años (eso le dice su papá, que nunca se le olvide que ella nació el día de San Pedro de 1937), y también tiene ocho chivos que debe llevar a pastorear todos los días, los cuenta al salir y los cuenta al volver.

Petrita desconoce que, en esta noche en un mundo paralelo al suyo, millones de niños escriben cartitas pidiendo juguetes y que las ponen dentro de su zapato debajo de un arbolito cargado de esferas y luces; ella vuelve como todos los días al atardecer, cansada, empolvada y con hambre.

En esta ocasión, mientras su papá le servía un plato de frijoles con chile verde picado y le calentaba una tortilla, le ha preguntado:

—Mi negrita chula, ¿qué te gustaría pedirles a los Santos Reyes?

Ella, un poco desconcertada y con una mirada de gran duda, respondió:

—¿A quiénes?

A don Pedrito se le olvidó que su hija no tiene contacto con nadie más que con él, pues allá en medio de los cerros ella solo habla con sus animales y ellos no le han hablados de los Reyes Magos.

Don Pedrito trató de contrale la historia de los magos de oriente que hace muchísimos años fueron a adorar al niñito Jesús y los presentes que le llevaron, y que son ellos mismos quienes desde entonces visitan las casas de los niños de las grandes ciudades, y que por supuesto, a ellos no los pueden visitar, debido a que su jacalito no es visible desde las alturas, ya que la luz de la vela que los ilumina por las noches se desvanece, y aunque ellos son “magos” tampoco tienen muy buena vista que digamos en la oscuridad.

Antes de darle la bendición de la noche, Pedrito le dijo a su hija:

—Duérmete pronto, negrita, puede que ora sí nos lleguen a ver desde el cielo.

—Ay, papacito, si ya hasta apagamos la vela.

Al amanecer, con los primeros quejidos –más que cantos- de su viejo gallo Ramiro, despierta Petrita; junto a sus viejos huaraches se encuentra una bolsita de plástico que la noche anterior no estaba ahí. Ella se acerca y la abre con curiosidad.

—¡Papá, papacito! ¿Usted dejó esto aquí?

—No, negrita, ¿qué es?

La pequeña maravillada saca el contenido de la bolsita: Galletitas de animalito, dulces de colores y la cosa más increíble que ella jamás ha observado: una muñequita de plástico que aún llevaba las rebabas sin cortar y unos cuantos cabellos negros despeinados, pero aún así era hermosa, no llevaba ropa, porque según le explicaría don Pedrito, ésta le tocó a otra niña que ya tenía una muñeca.

Petrita no dudó en hacerle un vestidito con la orilla de su propia falda (así también lucirían iguales) y la bautizó de inmediato: la llamó Lucía, como su mamá; se comía de a mordiditas sus galletas y quería guardar los dulces para días especiales.

Pedrito se sintió tan profundamente feliz de haber logrado intercambiar aquel litro de frijol (recordemos que en algunas partes de provincia en México, las medidas para algunos productos agrícolas son “la maquila, la sardina o el litro”) por esa muñeca, la primera muñeca que su hija recibía.

Sin duda, fue ese uno de los eventos más extraordinarios en su infancia, pues más allá de los regalos en sí, también significaba que en medio de la sierra eran visibles a los ojos de los Reyes, quería decir que ella era tan especial como los niños de las ciudades; Petrita y Lucía pasaron muchos años juntas, años en los cuales experimentaron días soleados y tormentas, temblores, pérdidas de chivos y chapoteos en el río, tortillas con sal para el almuerzo y café negro en la cena.

Petrita nunca renegó ni de sus condiciones ni de su suerte, más bien siempre fue agradecida y encantadoramente cariñosa, sin embargo, cada que en estos días la recuerdo, no puedo evitar este sentimiento de reflexión ante la incesante demanda (de amplios sectores) de tener más y más y en muchos casos, por lo tanto, perdiendo la maravillosa capacidad de asombro. Son tiempos distintos, lo sé, pero no tengo duda de que aún hay muchas Petritas por ahí y quisiera tener la capacidad de brindar una muñeca a cada una de ellas.

Nuestra Petrita murió a los 80 años, siendo una de las mejores y más querida y consentida esposa, madre y abuela, rodeada del cariño de toda su descendencia… Y nunca se nos ocurrió regalarle una muñeca.

¿A dónde te hallas hermosísimo lucero,

a quién estás iluminándole la vida?

Publicado por Paradigma

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4 comentarios sobre “Los Reyes Magos de Petrita

  1. Me gustó mucho el cuento. Pedro me remontó a aquel «Macario» de Bruno Traven, con su jacalito, ese plato de frijoles con chile muy distintivo de las mesas mexicanas y ese amor por Petrita. Petrita que por primera vez experimentaría esa emoción de los reyes magos.

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  2. Si es preciosa la historia, que sigue ocurriendo en nuestros días, Dios bendijo al abuelo y la incluyo en la magia y milagro de despertar con un regalo de día de Reyes , Jesús también tuvo sus regalos y es el regalo 🎁 más maravilloso para todo ser humano, felicidades a todos

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