Mi abuelo Carlos

Por Marcos Pablo López

Bukowski era mi abuelo, aunque nadie me lo cree. El muy cabrón se cogió a una mexicana que le hacía el quehacer. Morena de buenas caderas y sonrisa encantadora. Irresistible para cualquiera, cuantimás para un borracho como él. Esa hermosa morena, era mi abuela.

El hijo de puta se hizo el muy pendejo y siempre lo negó. Quién sabe a cuántas mexicanas más les habrá hecho lo mismo, con lo que le gustaban. De mi abuela era su primer trabajo, recién llegada en busca de la american way of life sin ni siquiera un español decente.

Él ya recibía regalías de sus primeros libros, además de la mensualidad que recibía del banco por la venta de la casa de sus padres. Eso de que era pobre casi indigente era mentira. Borracho sí, pero ni tanto, dice mi amá que mi abuela le contaba que lo que decía en sus libros con las mujeres y la bebida lo exageraba. Que a veces sus amigos llegaban o alguna de esas mujeres de la noche como decía su abuela para no decir puta, y él mejor se encerraba en su cuarto fingiendo estar ebrio o con jaqueca. Que su casa raramente estaba hecha un asco y vomitada como dice en sus relatos. Sólo estaba llena de pelos de gato y algunas latas de cerveza, botellas de vino y colillas de cigarro. Eso sí, con un montón de libros regados por todos lados. Hasta en el baño tenía libros, que eso se le hacía muy chistoso a mi abuela, porque pensaba que los usaba para limpiarse cuando se le acababa el papel. 

Contaba también que el señor  era tranquilo porque casi siempre estaba borracho o crudo, o leyendo mientras escuchaba música clásica o a veces ni estaba, se iba a algún bar o a apostar en las carreras de caballos, además de que ella sólo hacía el quehacer un par de horas algunos días por la mañana y se marchaba. Que aunque parecía un viejo gruñón, también sabía reír bonito, sobre todo cuando la tenía en sus brazos. Que cuando estaba de buenas era muy divertido y contaba chistes y declamaba poesía. Que fue así precisamente como se la llevó a la cama, con puras palabras bonitas, de esas que te endulzan el oído y te hacen suspirar, mientras ella lavaba los trastes o fregaba los pisos. Que ya después hasta se apuraba a terminar las labores con tal de pasar el resto del tiempo pegadita a él. Pero que cuando estaba de malas era mejor no acercarse porque se ponía muy grosero y quería que nadie lo molestara.

Los chilaquiles verdes con un par de huevos estrellados eran su desayuno predilecto, acompañados de una corona, su favorita, decía que la cerveza americana era una basura, pero que la tomaba por barata,  sobre todo cuando tenía resaca. Que le preguntaba mucho cómo era la vida en México. Acerca de las peleas de gallos, las carreras de caballos, el box y el pulque, sobre cómo emborrachaba y a qué sabía. Que se entendían gracias a que él hablaba un poco de español. 

Otra cosa que le interesaba bastante eran las groserías, le pedía que le enseñara el significado y a pronunciarlas. Decírselas a sus amigos gringos lo divertía mucho. Platicaba que cuando lo vio por primera vez, le dio miedo por lo feo de su cara y sus extraños ojos verdes. Pero que con el tiempo se fue dando cuenta de que en el fondo era un viejo muy tierno al que visitaban algunas mujeres de vez en cuando para pedirle dinero o alcohol o pasar la noche. Que era muy solitario. Con la única compañía de sus tres gatos (Ernest, Alan y John). Limpiar sus pelos y orines era lo que más detestaba mi abuela, al igual que recoger condones usados debajo de la cama y otras porquerías. 

Ella no sabía que era un escritor famoso.

Sabía que era escritor, pero hasta ahí. Que se le hacía raro que lo fuera porque casi nunca lo veía escribir. Ya después se enteró de que era conocido cuando sus hermanas le aconsejaron que lo demandará por no querer hacerse cargo de mi mamá. Pero mi abuela no quiso hacer nada ni meterse en líos en un país que no era el suyo y simplemente se alejó y no lo volvió a ver. Él para entonces, ya tenía otra pequeña hija a la que tampoco veía y ya se imaginaba el destino de la suya.

Mi mamá dice que ella lo vio sólo una vez en la presentación de uno de sus libros gracias a que una de sus tías la llevó para que lo conociera. Cuando llegaron a la mesa para que les firmara el libro, mi tía dio el nombre de mi amá que es el mismo de mi abuela, obviamente con su mismo apellido. Al escucharlo él levantó la mirada y las miró confundido. Debería llevar el apellido Bukowski, pero el muy cabrón del padre se hizo pendejo y no quiso reconocerla, le dijo mi tía, mírala bien cabrón, porque va a ser la única vez que la veas, cómo no va a ser tuya si siendo morena sacó tus mismos ojos, que bueno que no sacó también lo pinche feo y culero. Él, sorprendido, se quedó mirando a mi mamá y le dio un abrazo, después le pidió al fotógrafo que cubría el evento que le tomara una foto con ella y sin más firmó el libro, terminó de un trago la botella de vino que tenía frente a él y sé retiró dejando una larga fila sin firmarles nada. 

La dedicatoria dice, perdónenme las dos, siempre he sido un maldito imbécil. 

Un par de meses antes de morir en el noventa y cuatro, llegó por correo a casa de mi abuela un paquete con la foto de él con mi mamá y un mandil sin lavar que mi abuela dejó en su casa cuando decidió no volver, acompañados de algunos buenos dólares que bien ayudaron a la familia por algún tiempo. 

Mi mamá aún conserva el libro y aquella foto como único recuerdo del padre que nunca tuvo. Por culpa de ese hijo de la chingada mi abuela no se relacionó con nadie después. Para las costumbres de su pueblo, era una vergüenza ser una madre soltera.

Yo como fan, más que como nieto, he leído todos sus libros. Me hubiera gustado haber heredado su talento. Pero sólo heredé lo pinche borracho, por eso nadie me cree cuando les platico esta historia. 

 

Publicado por Paradigma

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