Cuando jugar a ser innovador te trunca el futuro

La invitación llegó con promesas de transformar radicalmente las ferias del libro en Querétaro, dos años antes de que la pandemia nos recordara que el futuro siempre aparece distinto al que imaginamos. Recuerdo a los miembros del gremio discutiendo sobre «experiencias inmersivas» y «economías creativas» mientras yo intentaba sacarme el picor de una salsa que juraron era «suave», y Tona, mi cómplice silencioso, reía entre sorbos de café.

Don Raúl, veterano de mil batallas culturales, murmuró: «Esto ya lo intentamos en los noventa, pero con casetes y cuentacuentos». Nadie le hizo caso. Estábamos demasiado ocupados firmando convenios con empresas que prometían revolucionar la lectura con realidad aumentada. Hoy, el único rastro de aquel futuro son las mismas mesas plegables de siempre, ahora con stickers de «Innovación Certificada».


Mientras tanto, en un departamento que olía a café recalentado y derrota, Rodrigo contemplaba su aplicación «Algoritmo Feliz». El bonsái que le regalaron los inversionistas («Crece con tu proyecto») servía ahora de posavasos para su cuarta taza del día. Las palabras de su padre, obrero textil, resonaban: «Cuando una máquina falla, se arregla con estas manos, no con actualizaciones». Pero la app seguía ahí, recordándole con cruel precisión que su felicidad estaba al 23% y que «debería socializar más».

Cuando intentó borrar su cuenta, el sistema le exigió subir un video explicando «su aprendizaje» y firmar un acuerdo de no depresión. Las noches sabían a silicio quemado y promesas incumplidas.


A quince cuadras, Luisa mezclaba óleos baratos con antihistamínicos en un estudio que antes fue baño de servicio. Una década atrás, sus cuadros pintados con sangre menstrual la coronaron como «la voz transgresora de una generación». Hoy replicaba por vigésima vez el mismo atardecer para turistas que pagaban en euros por «autenticidad mexicana».


—¿Es original? —preguntó un alemán con camiseta de nómada digital y sandalias de tres mil pesos.


—Tan original como su necesidad de comprobarlo —respondió Luisa, escupiendo un coágulo en el tarro de pinceles.


El agua del lavabo se tiñó de rojo, y por un instante creyó ver flotar un útero en miniatura que le guiñó un ojo cansado. El contrato de la galería, firmado con sangre menstrual años atrás, ahora le prohibía pintar con «fluidos corporales» por «razones sanitarias».


En la escuela «Futuros Brillantes», un niño de ocho años mordió su tableta hasta hacerla sangrar códigos. El sistema, compasivo, le recordó que tenía nueve intentos más antes de ser «reubicado en el espectro creativo». Su maestra —convertida en el algoritmo «Eva 4.0″— sonreía con dientes de dibujo animado mientras actualizaba su LinkedIn: «Especialista en potencial humano (certificación en proceso)». Cuando la pantalla se rompió, la notificación fue inmediata: «Daño a propiedad innovadora. Compense grabando un discurso sobre resiliencia».


En el Starbucks de la esquina, el que fuera «Joven Visionario 30 Under 30» observaba a su ex-socio hablar en televisión sobre «el fracaso como oportunidad». Su app de bienestar mental susurró: «Detectamos envidia. ¿Quiere compartir su ubicación para encontrar un círculo de abrazos?». El café sabía a las ochenta y siete presentaciones fallidas que llevaba en el cuerpo.

En el reflejo de la taza, su rostro se desvanecía como un archivo corrupto.
Innovar resultó ser ese juego donde las reglas cambian cuando vas perdiendo. Nos vendieron que estábamos construyendo el futuro, cuando solo éramos obreros temporales en una fábrica de humo.

Rodrigo sigue recibiendo notificaciones de una app muerta. Luisa encuentra úteros diminutos en cada cuadro falso. El niño colecciona certificados de fracaso como si fueran cromos. Y yo escribo esta columna en un documento compartido que nadie —ni siquiera yo— querrá volver a abrir.


El futuro nos prometió alas. Nadie nos dijo que serían de Ícaro.com, con términos y condiciones que incluían caer en picada. La verdadera innovación fue descubrir cuánta amargura cabe en un corazón mientras sonríes para la próxima presentación en Canva, con plantilla premium y alma en liquidación.

La sombra del hipopótamo / Julio César Morales

Publicado por Paradigma

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