Por Alejandra Sánchez Baizabal
En los últimos años, hemos sido testigos de un fenómeno que, si bien parece novedoso en su forma, no lo es en su fondo: el resurgimiento del pensamiento conservador, especialmente entre los jóvenes, pues éste se ha disfrazado de discursos estéticos y de desarrollo personal en redes sociales. Tendencias como la “clean girl aesthetic”, el culto a la “energía femenina” y “energía masculina” o la romantización de roles de género tradicionales no son simples modas pasajeras de internet; son reflejo de una reconfiguración ideológica que busca perpetuar estructuras patriarcales y jerarquías conservadoras bajo un nuevo envoltorio, uno más bonito, más atrayente. Lo más inquietante de esto no es solo su creciente influencia en el discurso público de las plataformas digitales, sino la forma en que se presenta como liberadora, espiritual o incluso empoderadora, cuando es, en realidad, todo lo contrario al retomar ideas profundamente arraigadas en el control del cuerpo, los roles y el destino social de las personas, en especial de las mujeres.
Este fenómeno, lejos de ser aislado o un problema contemporáneo, puede entenderse mejor a la luz de los ciclos históricos. Es bien sabido que, a lo largo de la historia, los brotes del conservadurismo han coincidido con momentos de crisis económica, cambios sociales acelerados o debilitamiento de instituciones democráticas. Tal como lo demuestra el artículo de Infobae (2021) sobre la ausencia de un partido conservador moderno en Argentina, la falta de consensos políticos en tiempos de inestabilidad suele abrir la puerta a soluciones que apelan a valores tradicionales, jerarquías rígidas y un orden social “naturalizado”. Este patrón no es exclusivo de América Latina; desde Europa hasta Estados Unidos, el auge del populismo de derecha, la nostalgia por el orden y la familia tradicionales, y la politización de los discursos sobre género se han intensificado en contextos de incertidumbre económica y polarización ideológica.
La Economía como combustible
Debemos entender que los momentos de crisis económica no solo afectan los hábitos de consumo o las decisiones financieras de la población, sino que también generan los climas sociales ideales para el resurgimiento de ideologías conservadoras. Cuando la estabilidad material se tambalea, las personas tienden a buscar certezas en otras esferas: la familia, la religión, la identidad nacional o la identidad de género. En este contexto, las ideas conservadoras encuentran el terreno más fértil de todos, ya que ofrecen un marco aparentemente claro y ordenado frente al caos económico y social que se está viviendo.
La precariedad, la inflación, las recesiones, el desempleo y la desigualdad son catalizadores emocionales tan poderosos como racionales. Según el artículo de Universidad Atrévete (s.f.), las crisis económicas impactan directamente en los hábitos de consumo, impulsando prácticas de ahorro, decisiones más conservadoras y un retorno a lo “esencial”. Esta austeridad no se limita al plano material, sino que también se traduce en una recaída cultural hacia lo conocido, lo familiar, lo seguro. Así, la búsqueda de seguridad financiera puede derivar en la aceptación —o incluso la promoción— de discursos que prometen “estabilidad moral” mediante el retorno a valores tradicionales, en especial aquellos que refuerzan estructuras jerárquicas.
Además, la ansiedad económica puede provocar que amplios sectores de la población culpen a los avances sociales por su situación. Las conquistas feministas, las diversidades sexuales o las políticas de inclusión suelen ser presentadas por sectores conservadores como “culpables” del deterioro económico o social, pues se trata de un cambio drástico que amenaza la frágil estructura que han estado protegiendo. Este fenómeno se ha intensificado con el auge de los discursos populistas, que, como en el caso de algunos líderes latinoamericanos y europeos, utilizan las crisis económicas para movilizar emociones colectivas en favor de un orden tradicional, apelando a la figura del “trabajador honesto”, “la madre abnegada” o “la nación fuerte y unida”.
En este sentido, el resurgimiento conservador no es únicamente ideológico o digital, también es estructural. Las redes sociales amplifican los discursos, pero estos encuentran su fuerza en la experiencia concreta de una vida precarizada, sin garantías ni futuro claro. Como demuestra el análisis de Infobae (2021), incluso en contextos donde no existe un partido conservador institucionalizado, las ideas conservadoras resurgen como respuesta espontánea —aunque mayormente manipulada— al vacío de certezas que deja la crisis.
El impacto se percibe de forma especial y, por ende, preocupante en la juventud, un grupo históricamente vulnerable a las consecuencias de la inestabilidad laboral, la dificultad de acceder a la vivienda y el endeudamiento educativo, entre otras cosas. Como señala el análisis de IEXE (2024), los hombres jóvenes, en particular, parecen más propensos a radicalizarse hacia posturas conservadoras, en parte por la percepción de pérdida de privilegios o falta de oportunidades en comparación con generaciones anteriores. Frente a
esta sensación de pérdida de control, el conservadurismo ofrece una narrativa reconfortante: “el problema no eres tú, es que el mundo ha cambiado para mal”.
De esta manera, la economía no solo determina condiciones materiales, sino que también produce disposiciones afectivas y culturales. En momentos de bonanza económica, las sociedades suelen mostrarse más abiertas a la innovación y al cambio. En contraste, en tiempos de crisis, el miedo al futuro impulsa un deseo de regresar al pasado. Esta lógica
—profundamente emocional y psicológica— es aprovechada por los discursos conservadores, que ofrecen un sentido de orden, pertenencia y significado a quienes sienten que han perdido el control sobre sus vidas.
La historia es cíclica
Si retrocedemos en el tiempo para analizar lo complejo que es nuestro sistema, nos podemos dar cuenta que el giro actual al pensamiento conservador no es una anomalía, sino una respuesta a periodos de incertidumbre, de cambio desmedido o descontento colectivo. Se puede decir que la ideología conservadora suele emerger con más fuerza cuando el orden social parece amenazado, ya sea por avances en los derechos civiles, cambios en los modelos familiares o crisis económicas que erosionan la estabilidad. El siglo XX está plagado de ejemplos en los que, tras etapas de progreso social o desregulación económica, surgieron movimientos que apelaban al retorno de “valores tradicionales”, “la familia” o “la autoridad moral”, como forma de restaurar un supuesto equilibrio perdido y extremadamente glorificado.
Uno de los ejemplos más ilustrativos de este ciclo fue el auge del fascismo y del nacionalismo conservador en Europa tras la Primera Guerra Mundial y, especialmente, la Gran Depresión de 1929. En medio de una devastadora crisis económica, con desempleo masivo y debilitamiento de la confianza en las democracias liberales, movimientos autoritarios supieron canalizar el malestar social hacia proyectos que ofrecían certidumbre mediante un retorno a la disciplina, la jerarquía y los valores familiares tradicionales. En este contexto, la figura de la mujer volvió a centrarse en el hogar y la maternidad, como parte del ideal nacionalista, mientras que cualquier desviación de ese rol era percibida como una amenaza al orden social.
Más recientemente, tras la crisis financiera global de 2008, se observó un nuevo viraje conservador, particularmente evidente en el surgimiento de partidos de derecha en Europa y el ascenso de figuras como Donald Trump en Estados Unidos o Jair Bolsonaro en
Brasil. Estas expresiones políticas no solo “atacaban” a la globalización, sino que también impulsaban discursos profundamente moralistas y antifeministas. Como señala el artículo del Financial Times (2024), estas tendencias han encontrado los perfectos moldes entre las mentes de jóvenes varones que se sienten desplazados o confundidos frente a los cambios en los roles de género y las exigencias sociales del presente. En vez de generar nuevas propuestas y dar paso a un nuevo mundo, muchos de estos movimientos apelan a una nostalgia de lo que, en verdad, nunca fue: una época supuestamente estable, clara, jerárquica y, sobre todo, masculina.
El caso latinoamericano tampoco es ajeno a este patrón. El artículo de Infobae (2021) sobre Carlos Pellegrini y el conservadurismo en Argentina, por ejemplo, subraya que la inestabilidad política y económica tiende a reforzar la demanda por discursos conservadores, incluso en países donde no existe una institucionalización clara de partidos de derecha tradicional. La ausencia de estructuras partidarias fuertes no impide la circulación de ideas conservadoras: al contrario, las vuelve más difusas, presentes en discursos culturales, mediáticos o en el ámbito digital, donde pueden mutar y adaptarse al lenguaje de moda, como sucede actualmente en las redes sociales.
El conservadurismo no desaparece, sino que se transforma y se oculta bajo nuevas formas, se adapta. Su capacidad para reaparecer, particularmente en momentos de crisis, demuestra que no se trata de una ideología en decaimiento, sino de un espectro que se alimenta del miedo al cambio, del deseo de orden y de la nostalgia por un pasado altamente idealizado. En la actualidad, dicho espectro se manifiesta con fuerza en entornos digitales, donde las ideas reaccionarias se camuflan con lenguajes contemporáneos, apelando en general a la estética, pero también al “sentido común”.
El vehículo moderno de una ideología antigua
El giro conservador en plataformas digitales tiene una particularidad: su capacidad de disfrazarse de sentido común o de “regreso a lo básico”, en sintonía con hábitos de consumo austeros o simples que resurgen en contextos de crisis. Como ya expliqué previamente, las crisis económicas generan comportamientos más conservadores en términos de consumo y estilo de vida, lo que termina por extenderse fácilmente al ámbito moral e ideológico. Así, la estética de la “chica limpia”, más que una expresión de autocuidado o minimalismo, puede leerse como una narrativa que recompensa la conformidad con ideales femeninos tradicionales: pulcritud, sumisión, docilidad y apoliticismo.
El resurgimiento del pensamiento conservador en la actualidad no puede comprenderse sin considerar el papel de las redes sociales como plataformas de circulación ideológica. A diferencia de las formas tradicionales de propaganda política o cultural, las redes ofrecen un ecosistema en el que las ideas pueden viralizarse sin una fuente claramente identificable, bajo la apariencia de consejos de vida, estéticas aspiracionales o discursos de “empoderamiento”. Esta descentralización de la producción ideológica ha permitido que nociones profundamente conservadoras —e incluso misóginas— se esparzan como tendencias de estilo o salud mental, dirigidas particularmente a audiencias jóvenes, pues estas son más fáciles de influenciar al no tener tanta experiencia de cómo funciona el mundo real o cómo estos mensajes afectan a gran escala en nuestra sociedad.
Tendencias como la estética “clean girl” o la figura de la “chica 4 letras”, señalada por el portal de RTVE (2024), son ejemplos claros de cómo ciertas ideas tradicionales se reconfiguran como ideales contemporáneos. A primera vista, estos discursos parecen inofensivos o incluso deseables: promueven el autocuidado, la organización, la salud o la “feminidad natural”. Sin embargo, al analizarse con detenimiento, revelan una agenda moralizante que reproduce estereotipos de género profundamente arraigados. La “clean girl” o “chica limpia” —pulcra, callada, eficiente, híper cuidada— es esencialmente una versión modernizada de la mujer sumisa, invisible y disponible. Y lo que se vende como “feminidad divina” muchas veces no es más que el mandato tradicional de complacer, contener y no desafiar.
Las redes no solo permiten que estos discursos lleguen a millones de personas; también los validan mediante algoritmos que priorizan contenidos de alto engagement. Como señala Clarín (2023), los discursos conservadores suelen triunfar en plataformas digitales porque apelan a emociones fuertes, como el miedo, la culpa o la nostalgia.
Además, ofrecen soluciones simples a problemas complejos: si estás cansada, es porque no estás alineada con tu energía femenina; si tu relación no funciona, es porque no sabes “ser mujer”; si el mundo va mal, es porque se ha perdido el orden natural.
Este tipo de narrativa moralizante y esencialista encuentra en plataformas como TikTok, Instagram o YouTube un terreno fértil, donde los microvideos y frases motivacionales pueden condensar en segundos una ideología completa sin parecerlo. Sin embargo, muchas de las mujeres en estas plataformas se han dado cuenta del mensaje subliminal de estas tendencias y han hablado abiertamente en su contra, explicando además por qué y cómo son dañinas para el avance y el progreso de las luchas sociales en las que actualmente nos encontramos.
El artículo de IEXE (2024) agrega una dimensión clave a este análisis: la brecha de género en la radicalización ideológica. Mientras los hombres jóvenes tienden cada vez más hacia posturas conservadoras y antifeministas, muchas mujeres jóvenes se vuelven más progresistas y arremeten contra los “nuevos” discursos que invitan a recaer en el tradicionalismo y los valores patriarcales. Esta polarización no es sólo ideológica, sino también cultural, afectiva y económica. Los discursos conservadores les ofrecen a los jóvenes varones un sentido de identidad y superioridad en un mundo que les resulta incierto y cambiante. En ese sentido, las redes sociales no son simplemente herramientas de comunicación, sino espacios donde se disputa la construcción de la persona contemporánea.
A esto se suma el fenómeno de la “autoayuda ideológica”, donde creadores de contenido disfrazan ideología de consejos motivacionales. Frases como “sé tu mejor versión”, “trabaja en silencio y deja que el éxito hable” o “vuelve a lo básico” se insertan dentro de narrativas que promueven roles de género tradicionales, meritocracia ciega y obediencia a un orden jerárquico. En este marco, las ideas conservadoras no se presentan como una ideología política, sino como verdades naturales, eternas e incuestionables. Su peligro reside precisamente en su invisibilidad, pues al no parecer ideológicas, se cuelan en la vida cotidiana de millones sin resistencia.
Esto es, las redes sociales han reinventado el conservadurismo para el siglo XXI. Ya no necesita de líderes autoritarios ni partidos religiosos; basta con una cuenta viral, una estética atractiva y un algoritmo bien entrenado. La ideología se ha vuelto performativa, afectiva y aparentemente “neutra”. Pero su objetivo sigue siendo el mismo: restaurar un orden donde cada quien “sabe su lugar”, especialmente las mujeres, las personas disidentes y quienes cuestionan la norma.
Entonces, el resurgimiento del pensamiento conservador en el mundo actual no es un fenómeno aislado ni reciente, sino la manifestación contemporánea de una dinámica histórica cíclica. En distintas épocas, momentos de transformación social, inestabilidad económica o pérdida de referentes han impulsado el retorno a ideologías que prometen orden, jerarquía y una vuelta a supuestos valores “naturales”. La diferencia es que hoy ese conservadurismo no siempre se presenta como una doctrina política formal, sino que se disfraza de un estilo de vida, se viraliza como tendencia estética y se solidifica como “sabiduría popular” en redes sociales.
Este nuevo conservadurismo, en gran medida camuflado, resulta particularmente eficaz porque habla el lenguaje de la juventud: se viste de empoderamiento, espiritualidad o desarrollo personal, pero en el fondo promueve roles de género rígidos, meritocracia vacía y obediencia disfrazada de “disciplina”. Como se ha visto, expresiones como la estética “clean girl” o las nociones de “energía femenina y masculina” refuerzan estereotipos que limitan a las mujeres al ámbito doméstico y emocional, mientras reinstalan al varón como eje racional, proveedor y dominante. Lo que parece nuevo es, en realidad, un reciclaje bien empaquetado de las mismas estructuras patriarcales de siempre.
Por otro lado, este fenómeno no puede desvincularse de los factores económicos que lo sostienen. Las crisis económicas, la precariedad y la incertidumbre no solo afectan las decisiones materiales de las personas, sino que moldean sus imaginarios culturales. En medio del descontento, el conservadurismo ofrece certezas. En contextos donde el futuro parece inaccesible, la promesa de un pasado idealizado cobra fuerza. Esta tendencia se intensifica entre los hombres jóvenes, quienes —como muestran los estudios recientes— se ven particularmente atraídos por discursos que les devuelven una identidad clara y jerárquica en un mundo que perciben como amenazante.
A nivel global, las condiciones están dadas para que estas ideas sigan expandiéndose. El auge de la derecha, la falta de educación mediática, la desinformación algorítmica y la polarización creciente dibujan un escenario preocupante, pero no irreversible. Comprender cómo se articula este nuevo conservadurismo —desde lo económico hasta lo estético— es fundamental para resistirlo. No basta con señalar su presencia; es necesario también desarrollar discursos alternativos, informados, inclusivos y emocionalmente significativos, que puedan competir en los mismos espacios donde estas ideologías se están consolidando.
Desde una mirada histórica, este fenómeno es parte de una secuencia que se ha repetido: avance, reacción, reacomodo. El desafío contemporáneo radica en interrumpir este ciclo antes de que vuelva a consolidarse con consecuencias regresivas para los derechos humanos, la equidad de género y la libertad individual. Entender el conservadurismo como una ideología mutante, que adopta nuevas formas para sobrevivir, es el primer paso para imaginar resistencias igual de adaptables y eficaces.
Referencias
Clarín. (24 de septiembre de 2023). Polémica: ¿las redes sociales favorecen los contenidos conservadores?
https://www.clarin.com/viva/polemica-redes-sociales-favorecen-contenidos-conserva dores_0_6amlviPXQ2.html
Financial Times. (2 de mayo de 2024). Why young men are moving to the right.
Infobae. (15 de mayo de 2021). Carlos Pellegrini y la ausencia de un partido conservador moderno en Argentina.
https://www.infobae.com/opinion/2021/05/15/carlos-pellegrini-y-la-ausencia-de-un-pa rtido-conservador-moderno-en-argentina/
IEXE Universidad. (24 de abril de 2024). Los hombres jóvenes se vuelven más conservadores y las mujeres más progresistas: un análisis de la polarización de género.
https://www.iexe.edu.mx/politicas-publicas/los-hombres-jovenes-se-vuelven-mas-con servadores-y-las-mujeres-mas-progresistas-un-analisis-de-la-polarizacion-de-genero
RTVE. (6 de marzo de 2024). “4 letras” y solo chica: jerga, misoginia y estereotipos de género en redes.
https://www.rtve.es/noticias/20250306/4-letras-solo-chica-jerga-misoginia-estereotipo s-genero-redes/16453383.shtml
Universidad Atrévete. (s.f.). ¿Cómo impactan las crisis económicas en los hábitos de consumo?
https://www.universidadatrevete.com/como-impactan-las-crisis-economicas-en-los-h abitos-de-consumo/
UNAM – Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. (s.f.). Conservadurismo y pensamiento reaccionario. http://132.248.9.195/ppt1997/0232121/0232121.pdf
