Por Alexis Boleaga
Lo “encomiable”
Estaba dormido en la oscura tumba
y a las ratas convoqué.
Peca memorioso el estado vetusto
al colgarse laureles
sobre cráneos que cantan lastimeros
por sus maquinales dominios.
El as de mi canción torna la rima
en meditaciones,
entonces cuento la certidumbre del hecho.
Quemado en su sahumerio
se nublan luces halógenas,
sin nubes ni techo
que sortear indómito,
sin la tregua de Nepente
al buscar la noche
y ellos decir “día».
Me siegan los lunes
al trotar por la década,
matan años y grito,
no por la paz sino por lo encomiable
de sus habladurías,
por cargarse opiniones y demás,
rozan la comedia sus desaires,
nadie compite en esta ruta,
más sin embargo lloran
por las miradas lacónicas
de adultos que flagelan sus espíritus de niños,
fracturan realidades y vuelcan sus luceros
por el convenir del triunfo
de buenos modales,
sus aureolas y satanizados actos
que cometen sin culpa,
solo con el horror de ser divisados,
y la pureza de este blanco
se les desprende al andar
con la vergüenza lista para ser expedida.
Él, la molestia
Unges con destreza dulzuras,
corres a prisa en puntillas a tu asiento,
desde ahí te acoplas a lo que venga
y dices mentiras.
Conoces tus ofensas realizadas
al creerte soberano del grupo,
diagnosticando virtudes y vidas
con ese vicio de saber los aconteceres,
los funestos ajenos
que pronostican tu satisfacción.
Buscas mi proceder,
el de mis padres,
el de mi sexo señalado errante
y a ti tu padre te ha dejado sin cariño ni apellido,
te duda sin suerte
igual que colorizado cabello;
el sustituto desprecia tus manierismos,
los apodos que infundes a los demás,
tu existencia misma.
¡Oh, huérfano que se arrastra
y juzga a sus iguales!
Te habría de maldecir como tú lo haces,
solo que la pena me ha ganado
de verte callado y riendo
de los devenires impíos o trágicos,
de anhelos y situaciones
de tus camaradas.
Seduces sin que nadie te quiera,
sin ser bienvenido desde tu tierra baldía,
burlándote solo de los de oriente,
de los padres divorciados de amigos.
¡Eres la pena de las andanzas infortunadas!
Te tornan en una mácula que creen retardada,
retuerces tus intestinos en la falsedad expresada.
Ellos saben,
ellos te niegan junto a tus salutaciones
cuando tiemblas en el miedo de abandono,
en el de no ser deseado
siendo tan insignificante, tan breve en el mundo.
No te maldicen ni hoy ni mañana,
ni en la muerte próxima en tu sombra segada.
