
La noticia me sorprendió.
Había leído algunos libros de Ediciones Era en mi época de estudiante y, durante dos años, tuvimos varios en los estantes de la librería. Recordaba algunas portadas, los nombres de ciertos autores e incluso el lugar donde estaban acomodados. Lo que no conseguía recordar era cuándo había sido la última vez que alguien había comprado uno.
Era cerraba.
O reducía sus operaciones al mínimo. O suspendía actividades. O comenzaba a despedirse procurando no utilizar la palabra despedida. Durante algunos días nadie parecía saber con exactitud qué estaba ocurriendo, pero todos comprendimos que algo importante estaba a punto de perderse.
Después llegó la preocupación colectiva.
Las redes se llenaron de fotografías, recuerdos y explicaciones sobre la importancia de Era para la cultura mexicana. Aparecieron columnas, homenajes, diagnósticos y propuestas para rescatar su catálogo. Funcionarios, escritores, periodistas y lectores levantaron los brazos como Helen Alegría para preguntar:
—¿Alguien quiere pensar en las editoriales?
Y, por fortuna, muchos querían.
Era no es una editorial cualquiera. Allí leí a José Emilio Pacheco y a Carlos Monsiváis. También, como tantos estudiantes mexicanos, encontré mi primer libro de Carlos Fuentes: Aura. Era resguarda una parte de la historia de un México literario que los nuevos lectores comienzan a desconocer. Podemos olvidar el logotipo de una editorial, pero todavía llevamos en la memoria Las batallas en el desierto.
Perder una casa así no sería una exageración cultural. Sería perder una parte del lugar donde aprendimos a leer nuestro país.
Por eso es importante conservar su catálogo, encontrar caminos para que sus libros continúen circulando y evitar, si todavía es posible, que deje de publicar. La preocupación es legítima. El rescate es necesario.
Después de todo, en este país también hay que saber agonizar: no todas las ruinas alcanzan la categoría de patrimonio.
Lo extraño es que la alarma haya comenzado cuando ya olía a despedida.
Durante años hablamos del ecosistema del libro como si fuera una criatura perfectamente equilibrada. Autores, editores, impresores, distribuidores, librerías, lectores e instituciones: todos unidos por una delicada cadena gracias a la cual un manuscrito termina en las manos de alguien. La imagen es hermosa; lástima que llevemos años contemplando cómo algunos eslabones se oxidan y solo nos preocupemos cuando uno de los más reconocidos amenaza con romperse.
No sabemos acompañar. Sabemos organizar funerales.
Era tuvo que llegar al borde para que comenzaran las preguntas: qué había ocurrido, cómo podía ayudarse, quién debía intervenir, qué pasaría con sus libros. Preguntas indispensables, aunque quizá habría sido más útil formularlas antes de que las respuestas tuvieran forma de liquidación.
Si una editorial con más de 50 años de historia, autores fundamentales y un catálogo que ayudó a construir la literatura mexicana pudo llegar hasta aquí sin que el sistema reaccionara a tiempo, ¿qué posibilidades tiene una editorial cuyo cierre no merece siquiera una columna? Probablemente ninguna. Sus lectores lo lamentarán, algunos autores escribirán una despedida y los ejemplares restantes terminarán en cajas, bodegas o remates.
Después, el ecosistema continuará hablando de sí mismo como si conservara todas sus especies.
Con las librerías independientes sucede algo parecido.
En estos últimos años vi repetirse una escena: una librería pedía ayuda para vaciar el local. Primero ponía descuentos. Después remataba los ejemplares. Al final comenzaba a regalarlos con tal de no tirarlos. No recuerdo columnas sobre su legado ni funcionarios ofreciendo rescatar su fondo.
Recuerdo cajas. Muchas cajas. Y la prisa por entregar las llaves.
Cerrar una librería independiente suele ser un acto silencioso. Lo resienten sus lectores habituales, quizá algunos vecinos, pero la comunidad termina por dejarla ir. No hay homenajes nacionales. No se organizan mesas para analizar la importancia que tuvo en la formación de sus lectores.
Cierran en voz baja.
El ecosistema del libro tiene una extraña forma de reconocer la importancia de sus integrantes: espera a que desaparezcan.
Cuando una librería independiente baja la cortina no pierde solamente quien pagaba la renta. También pierde la editorial pequeña que colocaba ahí sus títulos, el autor desconocido que podía ser recomendado y el lector que necesitaba algo más que una campaña publicitaria para encontrar un libro.
Cada cierre debilita al siguiente eslabón. Cada ausencia vuelve más frágiles a quienes permanecen. Pero las desapariciones pequeñas no suelen parecer una crisis. Para convertirse en tragedia cultural hay que acumular suficiente prestigio.
Las demás desapariciones apenas califican como ajustes del mercado.
Tal vez por eso la reacción ante Era provoca esperanza y, al mismo tiempo, una pregunta incómoda.
Esperanza porque todavía somos capaces de reconocer que una editorial no es simplemente una empresa, que un catálogo también contiene parte de nuestra memoria y que ciertos libros merecen sobrevivir a las condiciones del mercado.
Incomodidad porque esa misma sensibilidad parece reservada para quienes ya demostraron su importancia durante décadas.
Queremos impedir que caiga un monumento mientras alrededor se desmoronan las casas.
No se trata de elegir entre rescatar a Era o apoyar a las editoriales pequeñas y a las librerías independientes. Era necesita ayuda y merece recibirla. La pregunta es si su rescate servirá para reparar la cadena o únicamente para conservar una pieza más reconocible.
Salvar una editorial puede ser el comienzo. Salvar solamente a esa editorial puede convertirse en otra forma de abandono.
El rescate de Era podría iniciar una conversación seria sobre lo que está ocurriendo con el libro en México. Una oportunidad para mirar a quienes editan, distribuyen y recomiendan sin contar con la historia necesaria para aparecer en los periódicos.
También podría convertirse en una excepción: salvar aquello que reconocemos mientras permitimos que todo lo demás desaparezca discretamente.
Quizá dentro de algunos años otra editorial anuncie que reduce sus operaciones al mínimo. Volveremos a compartir sus portadas. Recordaremos los libros que leímos. Alguien propondrá rescatar su catálogo y todos levantaremos nuevamente los brazos:
—¿Alguien quiere pensar en las editoriales?
Para entonces quizá ya no necesiten que pensemos en ellas.
Bastará con recordarlas.
