¿Independencia de qué?

Laura carga a su pequeño mientras afuera revientan los cohetes. Alguien grita «¡Viva México!» y ella responde bajito, procurando no despertarlo. El niño sigue dormido. La patria, por lo visto, tiene mejores horarios que la maternidad.

En la mesa todavía quedan platos de la cena. Laura mira el teléfono por debajo de la luz, con ese disimulo que usamos cuando no queremos que nadie sepa que estamos haciendo cuentas. Su expareja no ha depositado la pensión. Las tarjetas están al límite y ella vuelve a revisar la aplicación del banco, como si el saldo pudiera mejorar por vergüenza. Vive con sus padres; con el apoyo que recibe del gobierno coopera para la comida. Entre lo que uno no paga, lo que otro le presta y lo que alguien más le da, consigue que alcance para un día más.

Hay cosas que puede comprar después. Las que necesita el niño no siempre aceptan esa negociación. Laura conoce la diferencia entre llegar a fin de mes y simplemente llegar al día siguiente. En septiembre, ambas cosas suelen llamarse esperanza; el banco prefiere nombres menos poéticos.

El hombre que se fue todavía tiene una forma de entrar en su casa: decide cuándo deposita y cuándo la obliga a preguntar. No necesita aparecer en la puerta. Basta con faltar a una obligación para volver a ocupar un lugar en la vida de Laura. Es admirable la facilidad con que algunas personas abandonan sus responsabilidades sin renunciar al poder que les daban.

Sus padres la ayudan. El programa social también. Ninguna de esas ayudas tendría que avergonzarla. Lo que debería darnos vergüenza es que deba reunirlas, estirar el crédito y perseguir una pensión para sostener lo que su hijo necesita. A veces hablamos de independencia como si fuera una prueba de carácter: quien se esfuerza lo suficiente, dicen, consigue vivir sin deberle nada a nadie.

Laura se esfuerza todos los días. Sus cuentas, por desgracia, no escucharon el discurso.
Los cohetes vuelven a tronar. Laura acomoda al niño contra su pecho. Durante unos segundos, el Grito consigue tapar una pregunta mucho menos festiva: ¿cuánto falta para que depositen?

En la plaza cívica de alguna ciudad, don Chuy vende banderas, trompetas y matracas. Cada septiembre prepara la mercancía, paga el lugar y consigue el permiso para instalarse. Hasta para vender símbolos de libertad hay que pedir autorización.
Algunos clientes regatean una bandera de plástico antes de ir a celebrar dos siglos de soberanía. Don Chuy les dice el precio, entrega el cambio y acomoda de nuevo las trompetas. Conoce la celebración desde ese lado del mostrador: la gente llega con prisa, compra lo que necesita para sentirse patriota unas horas y al día siguiente guarda los colores en un cajón. Él, en cambio, tiene que vender lo suficiente para que la jornada valga la pena.

Y también paga a los malos. Llevan tres años cobrándole para que no le pase nada; una manera especialmente amable de decir que saben dónde encontrarlo. Raúl se negó a pagar. Perdió la mercancía, el puesto y la posibilidad de caminar durante varios meses. Don Chuy conoce la historia y entrega el dinero cuando se lo piden. La dignidad es importante, pero las piernas también.

Nadie le extiende un recibo por esa cuota. No hay ventanilla donde reclamar si las promesas de protección resultan tan falsas como parecen. Don Chuy paga porque conoce el precio de negarse. En los papeles puede instalar su puesto, vender y regresar a casa. En la práctica, cada una de esas acciones depende de que alguien más decida dejarlo en paz.
Mientras comienza la ceremonia, sigue despachando banderas. Le paga al municipio para ocupar un pedazo de la plaza y a los malos para poder salir de ella por su propio pie. La libertad, al parecer, viene con dos permisos y ninguno garantiza nada.
Más lejos de la plaza, Ramón busca dónde pasar la noche. Llegó de Oaxaca con la esperanza de trabajar en la construcción. No pedía demasiado: una jornada, un pago y la posibilidad de mandar o llevar algo de dinero a casa. Un conocido de su localidad le pidió sus documentos y dinero a cambio de conseguirle un puesto. Ramón se los entregó. No hubo trabajo. Tampoco recuperó los papeles ni el dinero. La promesa, eso sí, le funcionó bastante bien al conocido.

Ahora está en una ciudad lejos de casa. Hace favores con la esperanza de que alguno se convierta en trabajo y de juntar lo suficiente para regresar. Puede explicar de dónde viene y qué sabe hacer. No puede comprar con eso el pasaje. La cuenta parece sencilla hasta que necesita comer o pasar otra noche allí.

Entonces el regreso vuelve a alejarse.
Ramón escucha el estruendo de los cohetes sin saber qué plaza lo produce. En otra noche quizá se habría detenido a verlos. Hoy necesita reconocer qué sitios tienen un alero, cuáles estarán cerrados y dónde podría cubrirse sin que alguien lo eche. No estará pendiente del Grito. Mira el cielo para saber si lloverá y cuánto tiempo le queda para encontrar un sitio donde guarecerse. Mientras unos levantan la vista para ver los cohetes, él la levanta para encontrar un techo.

Quizá por eso la pregunta no debería ser si México es independiente. La pregunta es qué podemos decidir los mexicanos sin esperar un depósito, pedir permiso a los malos o suplicar que alguien nos devuelva nuestros documentos. No se trata de comparar esos daños como si todos fueran iguales. Basta con reconocer lo que tienen en común: alguien conserva la capacidad de decidir sobre una parte de la vida de otro.

Y no se agota en estas tres historias. Hay deudas que gobiernan nuestros meses antes de que podamos gastar el sueldo; relaciones de las que no salimos porque confundimos necesitar a alguien con pertenecerle. Hay partidos que nos entregan enemigos junto con sus promesas de salvación. Cambian los colores, los candidatos y las consignas, pero siempre encuentran una forma de pedirnos lo mismo: que defendamos a personas que no nos conocen como si fueran familia, y tratemos a la familia del vecino como si fuera una amenaza.

Las redes hacen el resto. Nos ofrecen opiniones listas para repetir, indignaciones que duran lo que un video y una versión de nosotros mismos que debe recibir aprobación antes de parecer verdadera. Pensar por cuenta propia lleva tiempo. Compartir lo que otro pensó por nosotros tiene la ventaja de contar con un botón. Uno puede cambiar de dueño sin dejar de llamarse libre.
Claro que depender de otros no siempre es una derrota.

Laura necesita a sus padres; don Chuy necesita a quienes compran en su puesto; Ramón necesita que alguien le ofrezca una oportunidad honesta. La vida se sostiene entre personas. El problema empieza cuando confundimos un vínculo con una obligación incumplida, una amenaza que cobra o una ayuda que apenas nos permite llegar al día siguiente.

No necesitamos ser autosuficientes. Necesitamos poder aceptar ayuda sin entregar la voluntad; poder decir que no sin perder el sustento, la seguridad o el lugar donde dormir. Una dependencia vale la pena cuando nos sostiene sin apropiarse de nosotros. Todo lo demás podrá llamarse deuda, lealtad, amor o protección. La palabra cambia. El precio no.

Esta noche volveremos a gritar «¡Viva México!». Está bien celebrar la historia. Lo difícil empieza cuando se apagan los cohetes y aún podemos escuchar todo aquello que decide por nosotros.
El Grito termina. Lo que nos gobierna, no.

La sombra del hipopótamo / Julio César Morales

Publicado por Paradigma

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