
Henry:
Fuiste un animal y lo sabes. Pasaste años comiéndote a June y a Anaïs Nin al mismo tiempo. Lo sé, mi bro, no ganas nada negando, no hay necesidad de ser psicoanalista para suponer que hicieron todo tipo de cochinadas. Y aunque también sé muy bien que no tenías un puto franco en los bolsillos, ¿quién cojones necesita dinero cuando puede darse el lujo estar con mujeres de ese calibre? Tú mismo escribiste: «No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo». No digo yo, cabrón…
Quiero que sepas que yo, que abiertamente me confieso un ferviente admirador tuyo y de tu “Trópico de Cáncer”, no te envidio. Para nada. Yo también participé en tríos, incluso en orgías, pa’ que te enteres: este humilde servidor, ha tenido la dicha de ir a la cama con poetas extremadamente talentosas. Las dos comiéndose y comiéndome sobre una cama. Obviamente, salvando las distancias: ustedes con la compañía de un buen trago y nosotros bebiendo lo que pudimos conseguir; ustedes en el esplendoroso París de entreguerras y nosotros en Las Tunas, esta ciudad provinciana clavada en el culo de mi isla.
Vamos a hablar claro, Henry: pienso que tu hambre y la mía se parecen bastante, aunque, en la vida real, los menús sean diferentes. Tú buscabas un pedazo de queso y una copa de vino entre las sábanas de alguna mujer, mientras yo busco en la bodega el pan nuestro de algunos días. Aquí estoy, mi socio, sin corriente y conviviendo con las secuelas del chikungunya. También sufriendo síndrome de abstinencia alcohólica, un poco deprimido y sin dinero. Vaya, que yo siento que estoy totalmente jodido.
Pero sigo aquí, asere, tratando de escribir este insulto antes de que se le acabe la carga a mi teléfono móvil. No soy más que un impostor, lo sé, una copia tuya, pero barata y tropicalizada hasta el agotamiento. Henry, no me jodas, tú tenías el Sena para echar en él tus penas y vaciar tu rabia; yo solo tengo una cañada convertida en vertedero. Tú tenías las calles flamantes de París y siempre estabas quejándote; aquí solo hay baches y polvo, y los abuelos parecen fantasmas en las paradas, a la espera de una guagua que nunca llega.
Me pregunto qué cojones habrías hecho si hubieras vivido aquí, ahora. ¿Escribirías de la «liberación del ser» cuando te tocara desandar media ciudad para conseguir un poco de arroz o un litro de aceite? ¿O te habrías ahorcado de una mata de mango al ver que aquí no solo te quitan las palabras, sino que también se te quitan las ganas de que las palabras tengan algún significado?
Bro, tú escribiste que hay que tratar de «darle un sentido a la vida o, simplemente, vivirla». Déjame decirte que estoy intentando hacer las dos cosas, pero, coño, la mierda me llega al cuello. ¿Sabes por qué te estoy escribiendo? Te escribo porque pienso que no me juzgarías por decir que prefiero echar un buen palo a que me concedan el Premio Nacional de Literatura. Porque tú sí sabías que el arte, si no sale de las tripas o de los cojones, no es más que decoración floja para museos donde nadie entra.
Dime, Henry, ahora que eres polvo: ¿valieron la pena tantos escándalos, la censura, el hambre que pasaste? ¿O el único paraíso real fue ese momento en que sentiste que te convertías en el puto cáncer de la literatura del siglo XX?
