Isabel Morales Bonilla
Leticia caminaba por la calle, era un día muy soleado -por lo que sus ideas no fluían bien con el calor-, mientras se comía un helado de queso, trataba de pensar en cómo llegaría a reaccionar su abuela cuando la viera en la puerta de su casa. Sabía que no tendría una cara de felicidad, pero estando ahí, ya no habría marcha atrás, llegó para quedarse.
Andaba sola, recién había llegado a la ciudad y no conocía a nadie aún. Por la mañana, se levantó y eligió ponerse su vestido rosa favorito -pensando en que a su abuela le gustaría-, y los zapatos de charol que tanto había querido que su madre le comprara, ya que, cuando vivía con ella, nunca pudo comprarle unos zapatos de ese tipo, pero ahora no sabía quien los había dejado en el closet.
Se sentía como si nada, como si fuera a encontrarse con alguien a quien ve todos los días, sin embargo, conforme fue saliendo el sol, su nerviosismo aumentó, se sentía extraña, las manos no le temblaban ni la frente le sudaba, únicamente se sentía nerviosa y no sabía cómo demostrarlo.
Al poco tiempo de haber llegado a la ciudad, ya extrañaba a su madre, una mujer que trabaja duro todos los días como voceadora y a quien le encanta echarse un cigarro antes de irse a dormir. A Leticia le molestaba que su madre le preguntara cosas personales, le molestaba tener que hablar con ella cuando estaba viendo televisión pero ahora deseaba tener alguien en quien confiar estando sola en un lugar desconocido.
Cuando estaba a tan solo unas cuadras de llegar a casa de su abuela, que estaba en lo más alto del cerro, Leticia se distrajo al ver unos hombres jugar cartas en la esquina, -parecen unos niños, pensó- que platicaban sobre cómo vivirían las personas del otro lado, aquel que habían dejado desde hace mucho tiempo, inmediatamente supo que hablaban del lugar de donde ella venía, así que, con un poco de miedo se acercó y les dijo: “Ha cambiado demasiado, pero nadie de allá pudo ayudarme”. Los hombres sintieron pena por ella, por lo que desviaron su mirada hacia el suelo, sabían que recién había llegado y para no hacerla sentir incómoda, le preguntaron que a dónde iba tan solita. Leticia respondió que se encontraría con su abuela, a quien no veía desde que terminó la secundaria.
La niña avanzaba por las calles y vio cómo unos jóvenes altos y gordos que pasaban corriendo y gritando: “¡Ahí viene, al fin!” mientras se pasaban una pelota de futbol, mismos que se esfumaron en seguida de haber pasado cerca de ella.
A casi unos metros de llegar, Leticia ya iba con otro helado de queso en la mano, pero ahora este era para su abuela, sabía que era su favorito. Cuando por fin logró encontrar la casa correcta, pudo notar que estaba pintada de otro color, era un amarillo chillón -muy bonito, pensó- y tenía un jardín grande con variedad de flores, y fue así, como comprendió que su abuela había tenido tiempo para hacer lo que tanto le gustaba: la jardinería.
Estando a unos centímetros de la puerta, Leticia percibió el olor que provenía de la casa, -¡Arroz quemado, otra vez!-, dijo en voz baja; sin embargo, conforme acercaba su oído se dio cuenta de que sonaba Flor de Gardenia, una clásica para escuchar los domingos en casa de su abuela y se sintió aliviada por saber que aún vivía ahí.
Tocó la puerta, su abuela se tardó en responder porque estaba tomando el sol en la azotea y le demoró mucho tener que bajar tantas escaleras, cuando por fin bajó, no preguntó quién era, así que abrió inmediatamente la puerta y al ver a su nieta le dijo: “Si pudiera morirme otra vez, lo haría por la tragedia que te ha sucedido mi niña”. A Leticia se le inundaron los ojos de lágrimas, dejó caer el helado al suelo, y sin pensarlo, abrazó a su abuela, recargó la cabeza en su pecho… dijo: “Eso no importa abuelita, ahora ya estoy contigo”.
