La noche más oscura

María Fernanda Flores Antúnez

Una noche cualquiera para muchos, pero inolvidable para otros, un niño inicia su vida sexual sin tener conciencia de lo que estaba pasando. 

Era el año 2006, Natán tenía 5 años, él siempre jugaba solo en la tienda de abarrotes que tenía su madre, en una accesoria pequeña de en su casa. El día era uno más, nadie imaginaba el infierno que comenzaría. 

Las mañanas terminaban. Después del mediodía, mientras que el negocio familiar lo atendía su madre, Natán salía a la banqueta a jugar, con los rayos de sol en el punto más alto golpeando su rostro inocente y frágil, el de un niño que no conocía la maldad y perversión tan grandes que existía cerca de él. 

Frente a su casa vivía una familia conformada en su mayoría por hombres de entre 30 a 40 años quienes eran muy amigos de su madre: la visitaban la tienda y se quedaban a platicar, o en otras ocasiones, Natán y su madre iban a su casa; ella y la señora de edad avanzada que vivía en aquella familia, platicaban tomando café mientras se iban las horas. En esos escenarios comenzaban las señales de alarma que nadie notó. 

En las tardes de café y chismes de horas, Natán permanecía sentado a un lado de su madre escuchando cada palabra que aquellas dos mujeres decían, callado y un poco tímido lo cual lo caracterizaba. 

Cuando el niño necesitaba ir al baño tenía que atravesar un largo pasillo en donde se encontraban los cuartos de aquellos hombres hijos de la señora con quien su madre platicaba. A uno de ellos, hombre de complexión mediana, aspecto descuidado, cabello largo casi a la cintura, lacio y de color opaco, piel morena reseca, nariz grande, ojos pequeños, boca alargada con dientes chuecos, siempre vestía ropa vieja de tipo rock con los colores deslavados y olor a humedad, aproximadamente unos cuarenta y tantos, le pareció atractivo el niño de cinco años; lo comenzó a acosar de forma verbal y física.

La primera vez que se acercó a Natán, hizo un interrogatorio poco común, sobre aspectos que un niño aún ni siquiera entiende. «¿Te gustan las niñas?, ¿te gustan las caricias?, ¿te gusto yo?, ¿sabes que tienes entre las piernas?, ¿te has tocado?». Cada pregunta que hacía era cada vez más extraña, su voz era gruesa e intimidante, tenía mirada amenazadora, ojos rojos como si no durmiera y la pupila muy negra. 

Claramente no eran preguntas inocentes, ¿qué adulto le pregunta normalmente eso a un niño?, y ¿qué niño podría darse cuenta que está en peligro? Nadie educa a su hijo pensando que serán víctimas de abuso, cómo ponerlos en alerta cuando apenas y saben dibujar. 

Aquel hombre acosaba cada vez más a Natán, observándolo fijamente por una ventana mientras él jugaba en aquella banqueta, a veces mordía sus labios y otras solo le sonreía, una sonrisa perversa. 

En otra ocasión, Natán y su madre volvieron a esa casa; él se quedó solo en el pasillo, el sujeto, cuyo nombre es nada relevante, lo tomó del brazo y lo llevó hasta su cuarto. Un lugar de olor desagradable, sucio, lleno de polvo, casi no entraba la luz natural que daba el día, las cortinas que cubrían aquella ventana tan tenebrosa para Natán eran de tela vieja, en las paredes había posters de bandas de rock antiguas y en el piso ropa tirada. 

El hombre se sentó en la cama, que rechinaba de lo vieja que era; tomo a Natán, lo sentó en sus piernas; puso una escena de pornografía en la televisión mientras se quitaba la camisa y le pedía a el que lo acariciara, Natán solo iba a obedecer, pues en su cabeza resaltaba la frase que le decía en todo momento su madre “siempre debes obedecer a las personas mayores”.

Evidentemente aquel pequeño no sabía lo que estaba pasando, nunca había vivido una situación similar, su familia jamás le había hablado sobre ese tipo de situaciones, él creyó que era un simple juego nuevo.

Esa tarde no pasó nada más porque la hermana del hombre entró al cuarto justo en el momento que el niño lo tocaba; la chica le gritó que dejara en paz al pequeño, quien salió corriendo hacia donde estaba su mamá sin decir nada, realmente nadie dijo nada, ni siquiera la chica que los había encontrado. 

Así pasaron algunos días en donde la conducta de aquel hombre asqueroso en todo aspecto no cambiaba, pues en la calle se le acercaba a Natán poniéndole la mano en su pantalón para que lo tocara sin que nadie se percatara de la situación, con el silencio absoluto del niño lleno de amenazas, quien solo sentía miedo y se encontraba con mil dudas en la cabeza: «¿Qué está pasando?, ¡No quiero que mi mamá me regañe por no obedecer, pero no me gusta hacer esto!». 

Lamentablemente todo se quedó en su cabeza, por miedo, vergüenza o confusión no dijo nada de lo que estaba viviendo. 

México ocupa el primer lugar a nivel mundial en abuso sexual, violencia física y homicidio de menores de 14 años con 4.5 millones de reportes, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) ha documentado que suceden hasta 4 casos de agresiones contra menores cada minuto en América Latina. 

De acuerdo con el Colectivo contra el Maltrato y Abuso Sexual Infantil, esta cifra es poco realista porque sólo es denunciado uno de cada 100 casos de abuso sexual infantil. No todos los abusos suceden con violencia, una buena parte de ellos sucede por medio de la seducción y aprovechando la curiosidad natural de los niños. 

El recuerdo más difícil y triste en la vida de Natán ocurrió el día que su hermana mayor tuvo un accidente automovilístico, su mamá estaba alterada y toda su familia salió corriendo a encontrar el lugar donde estaba la hermana. Entonces dejaron a Natán en casa de los vecinos para que no se quedará solo y corriera peligro, no sabían que realmente el peligro lo vivía justo donde lo habían dejado.

En la noche le dijeron que se durmiera con aquel hombre, ¿Cómo es que lo permitió la mujer que había visto todo, días anteriores? Jamás se sabrá porque no hizo algo, pero a consecuencia de su actitud cobarde e indiferente, fue el inicio de una vida llena de traumas y temores para aquel niño a quien le fue arrebatada la inocencia. 

Esa noche el hombre de cuarenta y tantos abusó sexualmente de un niño de tan solo cinco años, quien a su vez se preguntaba cómo estaría su hermana, sintiendo al mismo tiempo un gran dolor físico que no podía justificar, y que solamente lo pudo expresar con llanto… Días después Natán le contó todo a su madre, quien realmente no reaccionó, solo se dio la vuelta ignorando lo que había escuchado y siguió como si nada hubiera pasado. 

Él actualmente tiene 20 años y define ese hecho como la noche más oscura y tormentosa de su vida, sin embargo, no ve esto que le pasó como lo más doloroso que haya vivido, pues después de tantas experiencias parecidas solo lo ve como una más. 

Gritó y pidió ayuda miles de veces sin obtener una respuesta, entonces solo se acostumbró a vivir en una sociedad donde se normaliza la violencia y el abuso.  Así fue como se ignoró una vez más la violencia sexual que vivió un niño, como día a día se ignoran este tipo de situaciones llamando a las víctimas mentirosas, exageradas, o simplemente minimizando lo que pasa creyéndolo algo “normal”. 

Cruelmente es así como muchas personas tienen que aprender a sobrevivir en
esta sociedad donde no importa si eres pequeño, grande, hombre o mujer siempre
estás expuesto a sufrir violencia de quien menos lo esperas.

Publicado por Paradigma

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