Por Francisco Osorio
Parque Urbano Aztlán es el mítico y angosto reemplazo de la antigua Feria de Chapultepec. En este lugar las atracciones mecánicas, los restaurantes y el escenario de eventos infantiles no son lo único que hay: sobre sus instalaciones yacen los recuerdos y unos cuantos fierros de lo que alguna vez fue uno de los centros de diversión más importantes del país. Pero Aztlán no solo vive sobre eso, sino que incluso le debe su existencia a la muerte.
Sobre los pasillos del nuevo parque, por donde la música rock se escabulle con canciones como «En algún lugar» de Duncan Dhu, transita por primera vez una pareja de amigos: Danae de 23 años y Javier de 21. Ambos abandonan el bazar de regalos al efectuar una pequeña compra que permanece oculta dentro de un envoltorio de plástico.
Durante su visita, Danae mantiene latiente el recuerdo de lo que ocurrió aquél 28 de septiembre de 2019 en este mismo sitio: Las risas y gritos de emoción que se mezclaban en la atmósfera de la Feria de Chapultepec cesaron cuando dos jóvenes perdieron la vida tras el descarrilamiento del último vagón de quimera (uno de los juegos protagónicos del establecimiento).
Ese mismo día la televisión e Internet no sólo difundieron el fallecimiento del cantante mexicano José José, “El príncipe de la canción”, autor de “40 y 20” y otros temas famosos, sino que también el de los jóvenes proyectados por la atracción mecánica: Antonio de 32 años, estudiante de Ingeniería Computacional y Luis Enrique de 24, recién graduado de la carrera de Relaciones Comerciales, ambos del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Las investigaciones efectuadas por la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México (PGJCDMX) revelaron que el nulo mantenimiento de los juegos provocó el infortunio.
La Feria quedó en ruinas tras este suceso y, después de cinco décadas de actividad ininterrumpida, ninguna persona volvió a cruzar sus puertas. Más tarde, con una inversión de 4 mil MDP y con la manufactura de la constructora Mota Engil México (partícipe en el proyecto del tren maya), nació en marzo de 2024 el nuevo parque de diversiones cuyo nombre honra al mítico lugar de los mexicas; en donde, probablemente, con el fin de mantener alejada a la muerte de las instalaciones, se sustituyeron algunas de las atracciones de adrenalina como la montaña rusa y se colocaron otras de menor impacto que están dirigidas mayormente a infantes. Esta transformación encauzó que el público juvenil se sintiera desplazado.
En entrevista con uno de los tantos uniformados de naranja que laboran en el parque urbano, afirma que una cifra reducida de aproximadamente mil 500 jóvenes acude cada fin de semana, ya que el ambiente del recinto es opuesto al que solían encontrar en lo que antes era la Feria de Chapultepec, pues, aunque hay atracciones de adrenalina, estas no cumplen con sus expectativas como lo hacían los juegos del establecimiento anterior.
Rodeado por el Anillo Periférico y ubicado a un costado de la pequeña calzada del Complejo Cultural Los Pinos, en la que a cualquier hora concurren ciclistas, se encuentra Aztlán. Danae capturó la rueda de la fortuna por medio de dos fotografías que tomó con su teléfono; su altura de 85 metros la impresionó, pues leyó en Internet que es la más grande de Latinoamérica y es considerada por los visitantes como el estandarte del lugar, ya que se conjunta con los grandes árboles y edificios que enarbolan el paisaje citadino de la Avenida Molino del Rey y la Segunda Sección del Bosque de Chapultepec.
Junto a las taquillas cubiertas por un verde opaco y en medio de los torniquetes electrónicos se hace notoria la presencia de unos cuantos noviazgos y amistades adolescentes que escuchan con atención: “No se acepta la entrada con alimentos, bebidas, mascotas y cámaras fotográficas. Favor de no entrar con zapatos abiertos. Mujeres con el cabello recogido y personas con fracturas o lesiones no podrán subir a los juegos”. Son las instrucciones que recita el guardia de seguridad a través de un megáfono, con la intención de no repetir un accidente similar a los ocurridos en la extinta Feria.
Con 26 años y tres hijos, Gloria se encuentra recargada en uno de los tantos pilares amarillos que se sitúan en las explanadas de Aztlán. Mientras la canción “Saturno” de Pablo Alborán se reproduce a través de las múltiples bocinas, espera a que su esposo y el más pequeño de sus hijos terminen su recorrido por el carrusel. Ella fue madre primeriza a los 18 años, lo que la clasifica dentro de los 2.4 millones de jóvenes que se convirtieron en padres, según la Encuesta Nacional de la Juventud de 2022.
Durante su etapa de soltería visitaba con regularidad la antigua Feria en compañía de sus amigos. Ahora solo vive con los recuerdos de aquella diversión generada por los huevos rellenos de confeti, los botes de espuma y los juegos mecánicos como la quimera y la montaña rusa. “La mera verdad este parque fue remodelado demasiado porque, a lo que yo recuerdo, las instalaciones eran muy diferentes. Ahora hay más juegos infantiles a diferencia de la Feria de Chapultepec que tenía más atracciones para adolescentes y jóvenes”, explica Gloria.
Enfrente de la rueda de la fortuna, hay brochas, pinturas y espejos que son acomodados en una mesa de madera por Rebeca. Con lápices de color traza los diseños que niños y jóvenes pueden escoger para caracterizarse del animal o personaje que prefieran. Considera que el 30% de sus clientes son muchachos que aún conservan el gusto por decorar su rostro y alegrar su día gracias al maquillaje.
Danae y Javier conducen sus pasos por todo el terreno de principio a fin para seleccionar las atracciones ideales que sacien su necesidad de adrenalina. Lakalaka y Serpentikah se perfilan como las indicadas ante la poca variedad de opciones extremas que Aztlán ofrece. «Yo considero que el parque sí debe contar con más atracciones para nosotros porque hay diversiones en su mayoría para niños. Siento que a los jóvenes nos dejan un poco de lado” añade Danae, quien extraña quedar afónica por la emoción y el miedo que le generaban el ratón loco, el péndulo, nao de China y las casas de los espejos y el terror.
Por otro lado, y de acuerdo con el supervisor de Aztlán, en el recinto no ha ocurrido ningún accidente gracias a los códigos de seguridad contra lluvias, sismos y emergencias con los que cuentan, además de la periódica supervisión que se le brinda al lugar. Ante esto, Javier confiesa su tranquilidad al sentirse lejos del peligro cuando los encargados de cada juego se cercioran del buen ajuste de los cinturones de precaución.
El artículo 60 de la Ley General de los Niños, Niñas y Adolescentes (LGDNNA) establece que la recreación es un derecho fundamental para infantes y jóvenes que se debe suministrar con actividades y lugares de esparcimiento que les brinde gozo y seguridad. Los parques de diversión como Six Flags y actualmente Parque Urbano Aztlán son de los escenarios más populares que ofrecen ocio y entretenimiento, aunque este último ya no está enfocado exclusivamente en el sector juvenil.
Asimismo, la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) menciona que estos sitios son importantes porque ayudan a infantes, jóvenes y adultos a consolidar relaciones intrapersonales y les proporciona un ambiente seguro y cómodo en el que pueden encontrar distracción ante el estrés y otros problemas físicos y emocionales. Además, en el ámbito cultural, consolidan la personalidad de los individuos y forjan las tradiciones y recuerdos de varias generaciones.
Por ello, es importante la creación de este tipo de espacios recreativos que cuenten con juegos y actividades dirigidas a todo tipo de público, para evitar una práctica de exclusión, tal como lo vive Javier en la localidad de Cancún en donde reside, pues no tiene a su alcance este tipo de sitios de esparcimiento y considera necesaria su implementación.
El aroma de las palomitas invade las explanadas del parque, la presencia de los organilleros parece ajena a la realidad y los restaurantes de comida rápida y repostería agotan su disponibilidad con el transcurso de la tarde. Aquí no solo se perciben padres jóvenes que intentan transmitir a sus hijos la diversión que alguna vez vivieron, sino que también, a otros que tratan de hallar el entretenimiento que obtenían hace más de cinco años en este terreno, cuando la muerte aún no se atrevía a jugar en las alturas sobre rieles desgastados.
“Uno que pisó Chapultepec y vuelve a entrar a este lugar completamente diferente da una sensación de nostalgia, y más que tenemos ese recordatorio, que es una muy buena manera de empezar otra vez para tratar de divertirnos y cuidarnos”, dice Danae mientras su mirada y dedo índice señalan un pequeño trozo de la antigua montaña rusa que disponía la Feria de Chapultepec, y que ahora, al pertenecerle a Aztlán, se mantiene a la vista de todos, como un monumento acuñado a la ruina y la memoria.
