La persona kitsch: la pretensión como forma de arte

Shattered red and amber transparent candies with black centers on wooden surface

Por Erik Antonio Baca Ramírez 

En el arte contemporáneo no sólo existen obras kitsch, sino también sujetos que encarnan su esencia: la persona kitsch. Este tipo de individuo no se define únicamente por su gusto estético, sino por una forma particular de situarse ante el mundo: desde la apariencia, la simulación y la necesidad de distinguirse culturalmente. La persona kitsch no busca el arte como experiencia, sino como espejo; no persigue la verdad de la expresión, sino la ilusión de profundidad que le confiere prestigio.

El término kitsch ha sido tradicionalmente asociado con lo artificial, lo excesivo o lo sentimentalmente sobreactuado. Milan Kundera lo definía como “la negación absoluta de la mierda”, es decir, la supresión de todo aquello que pueda perturbar la imagen ideal de belleza o sensibilidad que el sujeto quiere proyectar. En la persona kitsch, esa negación se vuelve existencial: su identidad se construye a partir de la impostura, del gesto cuidadosamente calculado de quien pretende sentir más, saber más o entender más que los demás.

A esta concepción se suma la mirada de Umberto Eco, quien entiende el kitsch como una experiencia estética prefabricada: una emoción ya procesada, diseñada para ser reconocida y consumida sin esfuerzo. Para Eco, el kitsch no oculta simplemente lo desagradable, sino que lo sustituye por signos accesibles que garantizan una respuesta inmediata y complaciente. Así, la persona kitsch no sólo niega lo perturbador, sino que habita en un universo de significados ya legitimados (lo profundo, lo sensible, lo intelectual) que puede reproducir sin atravesar la experiencia que los funda. Su vínculo con el arte deja de ser vivencial para volverse citacional: no crea sentido, lo replica.

En este sentido, la persona kitsch es una caricatura del intelectual moderno, alguien que necesita del arte, la literatura o la filosofía no como medios de transformación, sino como insignias de superioridad. Su relación con las llamadas “altas artes” se vuelve performativa: asiste a exposiciones, cita autores, opina sobre películas de autor y desprecia lo popular, no por convicción estética, sino porque su identidad depende de la exclusión de lo vulgar. La cultura se convierte en un escenario donde actúa su versión más elaborada de sí mismo.

Pero, paradójicamente, detrás de esta fachada se oculta una profunda inseguridad ontológica. La lógica descrita por Eco permite comprender mejor esta fragilidad: al apoyarse en emociones y significados ya codificados, la persona kitsch evita el riesgo de una experiencia auténtica, aquella que podría desestabilizar su autoimagen. La repetición sustituye a la vivencia, y la referencia reemplaza al encuentro. La persona kitsch teme no ser suficiente sin el barniz del arte, teme que la autenticidad revele su banalidad. Por eso sobreactúa. Su discurso, lleno de referencias, tecnicismos y citas, busca sustituir la experiencia directa por la erudición aparente. La sensibilidad genuina se ve desplazada por el simulacro de sensibilidad. Y en ese gesto se manifiesta su verdadera tragedia: no siente, interpreta.

La persona kitsch encarna la contradicción del mundo contemporáneo: el deseo de autenticidad envuelto en la necesidad constante de validación. Es el resultado de una cultura que ha convertido el gusto en un capital simbólico y el arte en un marcador social. Así, ser “kitsch” ya no es sólo poseer objetos de mal gusto; es convertirse en un objeto de sí mismo, en una representación cuidadosamente editada para ser admirada.

En última instancia, la persona kitsch no vive el arte: lo consume como se consume una identidad. Su mayor obra es su propia imagen, un collage de referencias, apariencias y pretensiones que busca, en vano, trascender el vacío de su impostura.

Publicado por Paradigma

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