Por Gustavo Pablo Reyes Escalona
Unos escriben informes y artículos, recogen legajos de firmas para justificar o defender causas e ideologías; esos, por lo general, son periodistas, burócratas o escritorzuelos de oficio que forman parte de la nomenclatura. Esos son insignificantes, o casi invisibles, dependiendo del medio para el que escriben y la forma en que lo hacen. Dentro de ellos puede haber camaleónicos, anquilosados y oportunistas que, mientras todo les va bien, firman, cobran sus salarios o prebendas y viven los beneficios de ser los escritores de la verdad oficial.
Están otros que creen dominar perfectamente la técnica del periodismo, la narrativa y hasta la poesía; pertenecen a asociaciones de escritores y a filiales universales de escribas. Escriben historias distópicas o románticas —y no es que ser distópico o romántico sea pecado—, quiero decir: estos escriben, o les dictan sus musas, historias o textos surrealistas de cosas que pasan o pasarán a millones de años luz, amores inverosímiles o ideas muy innovadoras sobre el agua tibia, pero que solo son importantes para el desarrollo de sus neuronas y el alimento de su ego; por eso, estos son los que escriben de la nada.
Están los que se despiertan en la madrugada con una idea de lo que vieron o les dolió durante el día y no los deja dormir: de la parrandera que encontraron de paso al amanecer, media cargada de tragos, que gritaba al grupo: «A mí me gusta que me escupan, que me den cachetazos y me digan: «Cógela, puta, que esta es la que te toca»»; o la niña que, a esa hora, descansaba de la refriega nocturna acostada boca arriba sobre las piernas de dos mozuelos que, sentados en un banco de parque, le exploraban sus tetas y entrepiernas. Están estos, que cuentan las historias de viejitos hambrientos, de pordioseros, de corruptos y políticos que escriben sobre los que escriben de la nada. Esos que escriben sobre lo que algunos llaman «lo cotidiano», y que a veces ignoran los historiadores y antropólogos oficiales, pueden resultar, a veces, subversivos, irreverentes e incluso peligrosos.
Y están, por último, los no menos importantes que escriben sobre todo: sobre las ciencias, los sueños, las nostalgias, la farándula, e inundan de memes, tuits, links y emojis las redes sociales. Así resulta la multiplicidad de verdades que escriben los que escriben; lo curioso es que hay fans y lectores que leen y aplauden todo lo que se escribe, mientras el mundo se va a la mierda y la vida sigue igual, como decía un tal Julio Iglesias, que también escribía.
