Sueño americano

Por Virgen Ailyn Avila Llanes

Mientras intentaba afinar el alma de las canciones que narraban su desgracia, cada minuto el aire se hacía más denso entre aquellas cuatro paredes. Un piso de tierra, nada para sofocar el hambre, bolsillos tan vacíos como los sueños de la almohada. Años tapizados de hastío, frases retóricas, sarcasmos; una barca de monotonía que nunca zarpó, aunque la gente los imaginaba felices. Dormir era algo que ya no conocían. Carmen empapada de sudor por los cortes continuos de electricidad, se imponía al cansancio para acortar los llantos del niño con promesas tejidas de incertidumbre.

– ¡Mujer, dile que se calle de una buena vez, me va a romper los tímpanos! Que desgracia la nuestra; unos gastan demasiado y otros sufren la miseria. No, si cuando yo lo digo: esa visa que no llega, tendré que buscar nuevas alternativas.

– ¿Hablas en serio Ramón? ¿Ahora también te molesta nuestra compañía?

– ¿Ah… porque quieres que ría de felicidad? No me digas, chica. ¿Me quedo de brazos cruzados mientras arde el infierno? ¡Aquí no hay futuro Carmen!

– ¿Y qué le digo al niño cuando te busque y no te vea?

– Dile lo que sabe todo el mundo, que el que llega a América luego viene a cumplirle los sueños.

– ¡Ay chico, ni que fueras Papá Noel!

-Carmen, esas boberías se le pasarán rápido, en cuanto le mande un buen par de tenis de marca y un teléfono, hasta ahí le llega el llanto.

– Ramón, el mundo es más que eso. Hay cosas que no puede pagar un miserable dólar.

-Mira Carmen, los dólares son los que pueden poner un plato de comida en tu mesa, así que no me hables de filosofías.

Escuchándolo repetir lo mismo hasta el cansancio, como si fuera el estribillo de una canción popular, no logró contener los aguaceros que le brotaron en la mirada recorriéndole el plano de sus mejillas. Volaron los días, pasaron semanas… hasta que por fin llegó la hora de marcharse. Consumiéndose en un trozo de abrazo deshecho y un hasta pronto sin fecha de caducidad, Ramón tomó la maleta en horas de la madrugada, montó la lancha y nunca más les llegó noticias.

En medio del océano, las ilusiones se le desvanecieron como pétalos marchitos, tres figuras humanas repletas de avaricia y con un par de ideas sucias atravesadas por la crueldad de la noche, lo empujaron a las profundidades para alimentar los tiburones mientras se echaban en los bolsillos todos sus ahorros. El silencio de las aguas se quedó con el sueño americano, una familia deshecha y el llanto de un niño.

Los sorprendieron

Publicado por Paradigma

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