El día que serví al Mencho, el Patrón

Por Jesús Mauricio Fernández Eliosa

Servir al prójimo puede ser el mejor de los oficios o una travesía minada de nervios, miedos y anécdotas memorables. Durante seis años, he dedicado tardes, noches y madrugadas enteras a perseguir esa propina que hace que valgan la pena las ausencias: los cumpleaños perdidos, los planes cancelados y el simple anhelo de dormir temprano. A estas alturas, no queda más remedio que disfrutar de los conciertos ajenos, lidiar con borrachos o con «licenciados» que claramente carecen de título legal.

Desde el primer día en que mi mano sostuvo una charola de bar y de mi boca salió el protocolario: «Buenas noches, bienvenido, ¿qué le gustaría tomar?», nunca imaginé que llegaría a servir a tal personaje. Aquel que hoy el mundo da por muerto, pero que ese día, ante mis ojos, desbordaba vitalidad. Era el hombre al que temía el mismo gobierno; como diría mi madre: «No das un peso por él».

Era el 23 de noviembre de 2024. Trabajaba en uno de los eventos más mediáticos de la CDMX: el Flow Fest. Me asignaron a las salas VIP, un ecosistema habitado por una élite de otro estatus donde el costo de las cosas es irrelevante y lo único que importa es ver de cerca a la estrella de reggaetón en turno. Aquellas salas rebosaban lujos y amenidades; el precio de reserva superaba los 200 mil pesos mexicanos. Una exageración para alguien como yo, pero una oportunidad de oro para «sacar mi agosto».

De pronto, los planetas se alinearon. Mi capitán se acercó y me soltó el bombazo: —Mau, te toca atender a Nemesio Oseguera Cervantes en una de las zonas más exclusivas. Te dejo solo porque das buen servicio y sabes parlar el «gringoñol».

Mi único gesto fue de extrañeza. El nombre me resultaba familiar, pero no lograba ubicarlo. Recurrí a «San Google» y la sorpresa me heló la sangre: era el hombre buscado hasta por Dios y sus santos. Sí, el «Señor de los Gallos», el dueño del palenque, el «Mencho». Temido por muchos, idolatrado por otros tantos; y yo, un mesero de 22 años que esa mañana solo pensaba en despachar a otra pareja peleonera, estaba ahora a su servicio.

No podía creerlo. En internet aparecía como un hombre mayor, y el evento era para gente de mi edad. ¿Qué rayos hacía un capo de esa magnitud escuchando al Bogueto preguntar: «¿Cómo gritan las ñeras?» mientras perreaba hasta el suelo? «Quizá vienen sus hijos», pensé para calmarme. Pero era una suposición ingenua.

A las siete y media de la noche, arribó un grupo que parecía una familia cualquiera: jóvenes de mi edad, algunas chicas y los adultos a cargo. Sin embargo, se me plantó enfrente un sujeto de mediana estatura, barba larga y piel clara. Tenía cara de «enano gruñón». Por un segundo, creí que gritaría una consigna y se inmolaría allí mismo; estaba «mamadísimo», portaba una pistola en la pierna derecha, reloj táctico y vestimenta de explorador, como si fuera a subirse a un cerro a pelear con el diablo. Se presentó como «El Afgano», pero me pidió que le dijera «Tuli».

El Tuli me hizo las preguntas de rigor: mi nombre, mi cargo y una interrogante más inquietante: —¿Sabes a quién estás a punto de atender? —Sí —respondí tragando saliva—, será un gusto atender al señor Nemesio.

Me escaneó de arriba abajo. Se llevó la mano al rostro y ordenó: —Traigan al patrón.

El aire se me escapó de los pulmones. Vi a otro escolta acompañar al «Patrón» hacia la sala. Le di la bienvenida y él, con suma educación, me estrechó la mano: —Mucho gusto, Mencho. —Un placer. Mi nombre es Mauricio y será un gusto atenderlo a usted y a su familia. Quedo a sus órdenes.

Me miró con un gesto alegre, una media sonrisa, y se dio la vuelta para saludar a los suyos. Al tenerlo tan cerca, noté que no era como lo pintan las series. Medía cerca de 1.70 m, tenía el cabello chino y corto, y vestía un suéter gris liso, sin logotipos extravagantes ni joyas de lujo. Sus pantalones de mezclilla parecían comprados en Cuidado con el Perro. No llevaba gorra, ni sombrero, ni chalecos tácticos. Simplemente él, pasando desapercibido entre la multitud.

El Tuli me confesó que era su mano derecha desde hacía 17 años. Me mostró un tatuaje en la muñeca con las letras «CJNG», presumió sus conocimientos en artes marciales y el arsenal que sabía manejar. Yo me quedé gélido, sin capacidad de reacción.

El Patrón me hizo una seña. Estaban listos para ordenar. Mientras anotaba, vi que su hija dejaba sobre la mesa una caja de chicles rosas, de esos circulares. No le di importancia. La mesa pronto se llenó de botellas de whisky fino y tequilas que jamás en mi vida había visto.

La fiesta subió de tono. Los artistas más reconocidos del evento, al terminar su show, subían a la zona VIP a saludarlo. Lo abrazaban con una naturalidad pasmosa: «Patrón, ¿le gustó el corrido que le hice?» o «¿Cuándo nos vemos en la fiesta de sus hijos?». Yo estaba impactado. La seguridad del evento, custodiada por policías de la CDMX, sabía perfectamente quién estaba ahí. Pero en este país el dinero es el dueño del silencio.

—Tuli —le pregunté con curiosidad—, ¿por qué solo hay dos escoltas cuidando a alguien como él? —Mau —respondió con calma—, somos más de 40 personas alrededor. Tú no los ves, pero ellos a ti sí. Ya saben quién eres.

Trató de procesarlo como si fuera un cliente más, aunque ese cliente fuera la maldad encarnada. Limpiaba la mesa cada 15 minutos. La caja de chicles permanecía ahí, imperturbable entre botellas, cigarros y empujones. Incluso entendí por qué necesitaban mi inglés: traían a dos ex «Boinas Verdes» de Estados Unidos. Según el Tuli, el Patrón les había dado cobijo cuando su nación les dio la espalda. Mis ojos presenciaron la síntesis del país: narcotráfico, corrupción y traición llevados a las élites.

Toda la noche hablé con el Tuli. Me contó que venían de una sierra llamada «Todo Muerto» (un nombre que quizá inventó para asustarme). Volaron en avioneta hasta Querétaro y de ahí bajaron en camionetas blindadas. En el camino, la Familia Michoacana los emboscó. El Tuli, con una tranquilidad aterradora, me relató cómo «dio de baja» a cinco sujetos para permitir la fuga del Patrón.

Necesité ir al baño para despejarme. Al salir, en una zona descampada junto a los sanitarios, vi seis camionetas negras acribilladas. El corazón me dio un vuelco; supe de inmediato de quién eran. La intranquilidad me invadió: un solo error en el servicio me podía salir muy caro.

Al final del evento, me acerqué con sutileza para ver lo de la propina. —Claro que sí, Mau —me dijo el Mencho—, nos atendiste muy bien. Dame dos minutos. El Tuli se me acercó al oído: —Al Patrón pídele lo que sea. Un carro, una casa, dinero… lo que sea, él te lo da.

Me quedé con el ojo cuadrado. Por un lado, me parecía un atrevimiento; por otro, una oportunidad única. El concierto terminó. El Tuli me pidió mi número para avisarme a qué hora llegarían al día siguiente. Me despedí de todos con un fuerte apreón de manos del Mencho.

Cuando fui al almacén a dejar el inventario en un carrito de golf, vi a dos sujetos corriendo desde las camionetas baleadas hacia las salas VIP. —Mau, son tus clientes —me gritó un compañero—, algo pasó arriba.

Corrí de regreso. El Tuli me recibió a gritos, amenazándome. —¡¿Dónde está la caja de chicles?! —Yo no agarré nada —respondí temblando—, pensé que se la habían llevado.

Entonces se me cayó el mundo: el Tuli me reveló que en esa caja había 50 mil pesos en billetes de mil, enrollados. Era mi propina. Me amenazó de nuevo; dijo que sabían quién era y dónde vivía. «Si esa caja no aparece, te vamos a marcar, y si te marcamos, ya es muy tarde para ti». Me aclaró que no era de hombres robar, y menos al Patrón.

Publicado por Paradigma

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