Abusos

Person standing on train platform at dusk facing tracks

Por Norma Lizeth Santana García

Andrea se despidió de Isaac, le recordó que debe avisar cuando llegue a su hogar; él solo expresó: ¿Para qué? Andrea comprendió que él no es mujer y que el autocuidado colectivo no era parte de su día a día.

Se entristeció y continuó su camino. Isaac probablemente nunca había tenido que pensar en avisar que llegó bien porque su experiencia moviéndose por la ciudad había sido esencialmente diferente. Para Andrea, ese «avísame cuando llegues» era un acto de amor y también de supervivencia colectiva que aprendió.

Su tristeza venía de darse cuenta de que algo que para ella era básico (cuidarse mutuamente) no estaba en el radar de Isaac. No porque él fuera malo, sino porque nunca lo había necesitado de la misma manera.

Se preguntaba si su vida estaba cayendo en la normalidad de la violencia o simplemente era el cuidado entre su círculo más cercano. Pero quizás no era ninguna de las dos cosas: quizás estaba confrontando una realidad más incómoda, que el cuidado colectivo a menudo recae desproporcionadamente en quienes más vulnerables se sienten, y eso era agotador cuando no era recíproco, o ni siquiera comprendido.

Mientras caminaba para llegar al vagón exclusivo, recapituló todas las veces que ha tenido que dejar pasar el metro por no alcanzar el área exclusiva, por miedo a sentir de nuevo la sensación de asco por el acercamiento de algún hombre o de tan solo mandar su dirección en tiempo real a sus familiares por miedo a que le suceda algo. No recordaba cuándo había comenzado a tener ese comportamiento; solo sabía que ya era automático.

Pensó que tal vez fue por el abuso sexual que pasó cuando era niña o adolescente y que tal vez, ahora en su adultez, podría sucederle de nuevo. Pensó que la terapia que llevó aún no le hacía efecto y que tal vez su pensamiento la estaba llevando a una paranoia.

La primera vez que pisó la Asociación para el Desarrollo Integral de Personas Violadas A.C. (ADIVAC), memorizó a los niños salir y correr hacia sus adultos; solo se encerró en el baño para llorar, sintió coraje y tristeza. ¿Cómo le explicas a unos niños que lo que ocurrió no es su culpa? ¿Cómo les enseñas que tendrán que aprender a vivir con el hecho de que una persona les hizo daño?

La violencia sexual no siempre grita. A veces solo respira cerca, te mira demasiado tiempo, ocupa tu espacio sin permiso. En ocasiones es tan cotidiano que ya no sabes si lo que sientes es miedo o simplemente estar viva, siendo mujer.

Le preocupaba que, así como ella, hay mujeres que aún guardan silencio y no lo nombran por miedo, vergüenza o culpa; tal vez, por el simple hecho de no recordarlo. Pero lo que más le preocupó es que posiblemente algún familiar, amigo, conocido ha ejercido violencia y que su vida es igual de normal: sin sentir alguna culpabilidad.

Porque en el tiempo que convivió con más personas que fueron violentadas, notó que ninguno de sus agresores pidió perdón (no porque las sobrevivientes lo necesiten —eso depende de cada proceso individual—, sino por el hecho de la carga emocional, social, económica y familiar que implica una violación); unos tomaron la decisión de culpar al alcohol y las drogas, otros solo fingieron aceptarla solo por la carga social y la gran mayoría no lo aceptan.

Pero para las personas que son víctima-sobreviviente, es diferente: hablar, convivir o pensar en la posibilidad de un perdonar a un hombre, particularmente cuando ha ejercido violencia, no es una acción inofensiva; es, insertarlo en la legitimidad y al hacerlo, reconstruir su autoridad. No es simplemente una elección personal, sino una acción política cargada de consecuencias.

Que posiblemente las personas que carecen de este contexto no podrán comprender la complejidad de tomar acción política ante un sistema patriarcal. Por ello, lo más difícil de todo era explicarle esto a alguien como Isaac, que podía caminar a casa sin pensar, sin cuestionar, sin esa carga política constante que se vuelve una segunda naturaleza. ¿Cómo explicarle que ese «¿Para qué?» no era solo desinterés, sino un privilegio que él ni siquiera sabía que tenía?

Publicado por Paradigma

Medio de comunicación dedicado al periodismo literario de largo aliento; nuestras bases son la ética, la veracidad, el respeto a las fuentes y a las audiencias.

Deja un comentario