¿Cuántas veces puede desaparecer una persona después de muerta?

Cuatro, por lo menos. La primera es la más sencilla: deja de respirar.

El corazón se detiene, la sangre pierde su prisa y el cuerpo comienza a quedarse solo. Alguien tendrá que cerrarle los ojos, avisar a la familia y decidir qué ropa ponerle. Si tuvo suerte, habrá una fotografía suya junto al ataúd y varias personas repetirán que parecía dormida, aunque nadie duerme con las manos cruzadas sobre el pecho ni rodeado de flores que empiezan a pudrirse.

Esa es la desaparición natural. La única en la que las autoridades no necesitan colaborar.

La segunda ocurre cuando pierde su nombre. Imaginemos que el muerto despierta frente a una ventanilla. Intenta decir quién es, dónde vive, a quién deben llamar. El funcionario revisa los papeles, consulta una computadora, suspira y le pide una identificación vigente. El muerto busca entre sus bolsillos, pero lo desvistieron antes de enviarlo allí. Además, está muerto. Debió preverlo.

Sin nombre, deja de ser alguien y se convierte en algo: cuerpo, cadáver, edad aproximada, señas particulares. Setenta años de recuerdos caben en una hoja mal llenada. Es admirable la capacidad de síntesis de la burocracia.

La tercera desaparición llega cuando pierde a su familia. No porque la familia haya dejado de buscarlo. La familia llama, recorre oficinas, entrega fotografías y aprende palabras que nunca quiso conocer: anfiteatro, dactiloscopia, carpeta, fosa común. Mientras tanto, quizá una dependencia ya sabe su nombre y otra tiene los datos para localizar a sus parientes. Pero las instituciones son muy respetuosas entre sí: sería de pésimo gusto interrumpir el descanso de un escritorio para reunir la información.

La cuarta desaparición ocurre cuando también pierde sus cosas. Primero desaparecen los documentos, las fotografías y las cartas. Después los muebles cambian de dueño, los cajones se vacían y la ropa deja de oler a quien la usaba. Al final desaparece la casa. No físicamente, por supuesto. Las casas rara vez tienen la delicadeza de esfumarse. Permanece allí, con sus paredes y sus recibos pagados, pero empieza a pertenecerle a alguien más.

Para entonces, el muerto ya no puede protestar, contratar un abogado ni desmentir los documentos que aparezcan después de su muerte. Hay límites razonables para lo que puede exigírsele a un ciudadano.

Así desaparece una persona cuatro veces: cuando deja de respirar, cuando le quitan el nombre, cuando la separan de quienes la buscan y cuando alguien descubre que su patrimonio resulta más fácil de localizar que su familia.

Podría parecer un cuento de humor negro, pero sería un mal cuento. Demasiadas coincidencias. Funcionarios demasiado negligentes, documentos demasiado absurdos, autoridades demasiado eficientes cuando se trata de favorecer a quien no deberían. Ningún editor permitiría semejante acumulación de inverosimilitudes.

La realidad, en cambio, no tiene editor.

Ni vergüenza.

Mi tía Mari era, en realidad, mi tía abuela. Hermana de mi abuelo Juan y, después de mi madre, lo más cercano que todavía me quedaba de él.

Decían que hablaba mucho. Incluso más que yo, lo cual explicaría varias cosas y confirmaría que ciertos defectos familiares no se heredan: se perfeccionan con cada generación. Quizá, cuando uno vive solo, aprende a guardar palabras durante días enteros hasta que finalmente aparece alguien con quien gastarlas.

Pertenecía a esa vieja guardia de mujeres que permanecen en la casa cuando los demás comienzan a hacer sus vidas y, con los años, también a morirse. Mujeres que sobreviven a los padres, a los hermanos, a los vecinos y hasta a los muebles; que conocen la historia de cada grieta y saben exactamente en qué cajón está un documento que nadie más recuerda haber visto.

Cuando intento imaginarla, la veo esperando.

Esperando a que terminara la telenovela.

A que la tarde se marchara.

A que sonara el teléfono.

A que alguien tocara la puerta.

A que la vida, después de tantos años de irse llevando a los demás, finalmente regresara por ella.

Era tan delgada que uno pensaba que podía romperse en cualquier momento. No hablo de fragilidad, sino de delicadeza: parecía hecha de huesos pequeños, piel fina y una terquedad antigua que la mantenía en pie. Porque fuerza tenía.

Cuidaba sus plantas, las cambiaba de maceta cuando las raíces se quedaban sin espacio y podaba las ramas hasta devolverles la forma. También podía pasar horas hablando de familiares que yo nunca había conocido. Reconstruía sus manías y desgracias con tal precisión que uno sentía que podría reconocerlos en la calle, aunque llevaran décadas muertos.

Mi tía conservaba a los demás contándolos.

En mi memoria lleva un suéter rojo, casi como si hubiera elegido esa señal para no confundirse con los otros muertos de la familia. Y claro, aquella mujer que parecía alimentarse únicamente de recuerdos podía hacer desaparecer cualquier platillo de la mesa sin pestañear. La delicadeza terminaba exactamente donde comenzaba la comida.

Mi madre solía visitarla. Cuando nadie respondía, preguntaba a los vecinos, como se hace en esos barrios donde todavía sobrevive cierta vigilancia comunitaria que algunos llaman entrometimiento hasta el día en que les salva la vida. Ellos le decían cuándo la habían visto o si todo parecía estar bien.

Las últimas veces nadie supo darle razón, hasta que un día mi madre encontró la fachada pintada de otro color. También habían cambiado el portón.

Las casas tienen maneras discretas de avisarnos que algo terrible ocurrió dentro. En este caso, la casa de mi tía había cambiado de rostro sin que nadie de la familia supiera por qué.

Los vecinos le contaron que meses atrás habían percibido un olor desagradable. Avisaron a las autoridades, que ingresaron al domicilio y encontraron a mi tía Mari sin vida. Después pasaron los días —o quizá las semanas; en ciertas tragedias el tiempo deja de medirse con calendarios y comienza a medirse con omisiones— hasta que algunas personas sacaron sus pertenencias a la calle y tomaron posesión de la casa.

Así supimos que mi tía había muerto.

No por una llamada de las autoridades.

No por una notificación oficial.

No porque alguien hubiera buscado a su familia.

Nos enteramos porque su casa tenía otro color.

Mi madre y mi hermano comenzaron a buscarla. Recorrieron oficinas siguiendo el rastro de una mujer que había muerto en el domicilio que habitó durante más de sesenta años, rodeada por los objetos de toda una vida.

Sobre la mesa estaban anotados los números telefónicos de emergencia de la familia. Debieron de parecer un acertijo particularmente difícil.

Las autoridades levantaron el cuerpo y la registraron como una mujer de identidad desconocida. Tiempo después, un dictamen dactiloscópico estableció quién era. Ya tenían su nombre, su CURP y la información necesaria para devolverla a su familia. Sin embargo, durante más de dos meses, esos datos no consiguieron recorrer la distancia que separa un escritorio de otro.

Mi madre y mi hermano siguieron buscando a una mujer que el Estado ya había encontrado e identificado y que, pese a todo, terminó en una fosa común.

Yo he acompañado la búsqueda desde aquí, hablando con mi madre, tratando de entender documentos y ayudando con aquello que nunca sobra y siempre hace falta: dinero. Porque morirse cuesta, pero buscar a nuestros muertos cuesta más.

Y cuando una persona tiene la mala educación de desaparecer dentro de las instituciones, su familia debe pagar por localizarla, identificarla y convencer al Estado de que alguna vez tuvo un nombre.

En México hasta la ausencia genera gastos administrativos.

Mientras mi familia recorría oficinas, las llaves de la casa ya habían encontrado nuevas manos. Las llaves tuvieron mejor suerte que ella: no necesitaron fotografías, huellas digitales ni familiares que confirmaran su identidad. Pasaron de un escritorio a otro con la facilidad reservada para las cosas que ya saben a quién deben pertenecer.

Para entregarlas apareció un contrato de compraventa fechado en el año 2000. Según aquel papel, la madre de mi tía había vendido la casa y estampado su voluntad al final del documento.

Solo había un pequeño problema: llevaba seis años muerta.

La imagino levantándose de la tumba, sacudiéndose la tierra del vestido y buscando una pluma para cumplir con el trámite. Porque una cosa es estar muerta y otra muy distinta dejar esperando a un comprador.

Después volvió obedientemente a su sepultura. En mi familia siempre hemos sido muy formales.

El documento cruzó escritorios, recibió firmas y consiguió que las autoridades entregaran la casa. Nadie pareció sorprenderse por la vitalidad jurídica de una mujer fallecida en 1994. Quizá entre tantos cadáveres sin identificar, uno que firma contratos resulte incluso esperanzador.

Mi tía no consiguió demostrar que era ella misma. Su madre, en cambio, pudo vender una casa desde el más allá.

Mientras tanto, la casa que debía permanecer resguardada comenzó a vaciarse. Los vecinos vieron salir muebles y pertenencias acumuladas durante más de sesenta años. Alguien abrió los cajones, revisó los roperos y metió las manos entre la ropa de una muerta. Se llevaron identificaciones, escrituras, recibos y cuanto papel pudiera demostrar que mi tía Mari había vivido allí.

No bastaba con ocupar su casa: había que borrar las pruebas de que alguna vez fue suya.

Todo ocurrió mientras el inmueble se encontraba, en teoría, bajo resguardo de las autoridades.

“Resguardo” debe de ser una de esas palabras cuyo significado cambia al entrar en una oficina pública. Afuera significa impedir que algo desaparezca. Adentro, por lo visto, significa observar con mucha prudencia mientras ocurre.

Ahora mi familia pide que la casa sea asegurada mientras se investiga lo sucedido. Nos responden que primero deben escuchar la versión de quienes la ocupan. Por supuesto.

A mi tía la levantaron sin escucharla.

La registraron sin escuchar a su familia.

La enviaron a una fosa común sin esperar a nadie.

Pero para recuperar su casa debemos tener paciencia. Los vivos que entraron en ella merecen ser escuchados; la muerta podía esperar.

Mi hermano dijo algo que no consigo quitarme de la cabeza: cada día estamos más cerca de vivir en un mundo de viejos que esperan.

Viejos que esperan una llamada.

Que los vecinos noten las cortinas cerradas.

Que alguien toque la puerta antes de que sea demasiado tarde.

Mi tía Mari era una de esas personas. Pero del otro lado de su espera estaba la Fiscalía, y la Fiscalía sí sabía.

Sabía que una mujer había muerto dentro de la casa donde vivió durante más de sesenta años. Después supo su nombre, su CURP y su identidad completa.

Lo supo y no llamó.

Lo supo y no avisó a la familia.

Lo supo y la mantuvo registrada como una desconocida.

Lo supo y permitió que fuera enviada a una fosa común.

Mi tía no se volvió invisible porque viviera sola. La invisibilizaron del otro lado:

Desde una oficina.

Desde un escritorio.

Desde una carpeta que alguien decidió no leer.

Las instituciones existen precisamente para mirar cuando nadie más está mirando: reconocer a quien ya no puede presentarse, llamar a la familia que todavía no sabe que debe comenzar a llorar y proteger la casa de quien ya no puede cerrar la puerta.

¿Qué nos asegura que, cuando llegue nuestro día, no nos desaparecerán cuatro veces? Nada.

Mi tía no estaba perdida.

La perdieron.

No era desconocida.

La registraron así.

No era invisible.

La invisibilizaron.

Mientras su identidad permanecía detenida en un escritorio, las llaves de su casa avanzaron hacia otras manos. Para devolverle el nombre no hubo tiempo. Para entregar su patrimonio, de pronto, toda la maquinaria supo moverse.

Eso es lo que debe investigarse: quién no hizo la llamada, quién ignoró el dictamen, quién permitió que la enterraran, quién entregó las llaves y quién debía resguardar la casa mientras la vaciaban.

Mi tía se llamaba María Bárbara Hernández Mancera. Era delgada, usaba un suéter rojo, cuidaba sus plantas, hablaba demasiado y podía acabar con cualquier plato que le pusieran enfrente. Tenía familia. Tenía historia. Tenía un nombre que la Fiscalía ya conocía cuando terminó en una fosa común como si no fuera nadie.

Hoy exigimos que la saquen de esa fosa, que protejan su casa y que respondan quienes debían cuidarla y, en cambio, la borraron.

Porque todos llegaremos a viejos y seguiremos esperando de este lado.

La pregunta es qué clase de Estado nos espera del otro.

Julio César Morales / La sombra del hipopótamo

Publicado por Miguel Alejandro Rivera

Licenciado en Comunicación y Periodismo y pasante en Relaciones Internacionales por la Facultad de Estudios Superiores Aragón de la Universidad Nacional Autónoma de México; maestrante en Periodismo Político por la EPCSG; autor de las novelas “Peor es nada” (Fridaura 2014), “Ella no sabía nada de Bakunin” (Fridaura 2016), “El amor no es suficiente” (Endira 2018), “Dios te salve” (Fridaura 2021), y el libro de cuentos, “Narraciones del México profundo, cuentos cortos de historias largas” (Fridaura 2019); asimismo, redactó la Constitución de la Ciudad de México para Niños, editada por la Asamblea Legislativa de la CDMX. Ha publicado en medios digitales como Homozapping, Sin Línea Mx, Rebelión.org, y fue jefe de información de A Barlovento Informa. Sus talleres de periodismo literario y creación narrativa, así como sus libros y ponencias se han presentado en distintas instituciones como la Universidad Autónoma Metropolitana, la Universidad Autónoma de Guerrero, la Universidad Panamericana, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma de Coahuila, entre otras, y en eventos como la Feria Internacional del Libro del Zócalo de la CDMX 2016 y 2019, la 3era y 4ta Feria del Libro de San Juan del Río, y en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2018, así como en la Brigada para Leer en Libertad en diversas ciudades del país. Actualmente es columnista del diario El Día, con el espacio editorial Textos y Contexto; además es profesor de la FES Aragón y de la Universidad Iberoamericana.

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