
Lamento no haber rozado siquiera el aire que respiraste, lamento muchísimo no haber intercambiado unas palabras o un café contigo en alguna esquina de la ciudad o en una tertulia. Te cuento que hoy, los mismos que te pusieron zancadillas y trataron de condenarte al silencio pronuncian discursos edulcorados en ferias y eventos literarios, como si en aquel entonces hubieran estado de tu lado… La hipocresía huele a mierda de perros, ¿verdad, Guille?
Quiero confesarte algunas cosas. Hace años traté de robarme la edición dominicana de tu novela Las manzanas del paraíso de la Biblioteca Pública de Las Tunas. Sí, robármela, pero me sorprendieron. Es que era ejemplar único en la sala patrimonial y yo pensé que esa era la mejor manera de tenerte cerca, a ver si podía contagiarme con un poco de tu talento inigualable. Luego, o antes, no recuerdo ahora mismo con exactitud, en Puerto Padre traté de hacerme de un ejemplar que le dedicaste a tu querida María Liliana Celorrio, pero el hijo armó un escándalo y no me quedó otra opción que devolverlo, pero varios meses y escándalos después, lleno de marcas y subrayados que delataban mi obsesión por tu obra. Aquella novela me sacudió como el golpe de un plan de machete en el pecho. Fue amor a primera lectura, de esos que no tienen explicación: es que tu prosa es adictiva, Guille, igual que sucede con esas sustancias prohibidas. Entonces me convertí en un ladrón y un cómplice de tus personajes. Desde entonces trato de escribir como tú. Lo confieso, trato de imitar tu estilo, pero no hay manera de que lo consiga. Es que tú eres demasiado grande, Guille, y yo no soy más que un aprendiz.
Hoy releo Matarile, esa obra única donde rompiste con la manera tradicional de narrar, de escribir una novela. Te confieso que al leerla en algunos momentos sentí como si me faltara el aire. El lenguaje que usas es extremadamente coloquial y por momentos, galopante, además es muy tunero, incluso utilizas nombres de personas reales, de amigos, familiares y vecinos. Irónicamente no te disculpas por hacerlo. Tú y tus cosas, Guille.
Debo ser honesto contigo: sigo sin perdonarte que no hayas escrito más y que te fueras tan joven. Aunque tal vez, en este lugar de finales truncos, esa era la única salida posible. O nadie sabe, a lo mejor no estás muerto nada y solo nos estás haciendo una gran broma…
Descansa en paz, MAESTRO. Y desde dondequiera que estés, estoy convencido de que seguirás jodiendo a esos hipócritas con tu obra imborrable.
