
Un fantasma recorre América… La noche electoral en Colombia ha dejado un paisaje de profunda fractura social tras confirmarse el triunfo cerrado de Abelardo de la Espriella en la segunda vuelta presidencial. Con un margen milimétrico que apenas rozó el 49.6% de los votos frente al progresista Iván Cepeda, el abogado y magnate barranquillero ha capitalizado el descontento popular bajo la promesa de refundar el orden público.
Sin embargo, detrás del festejo de sus huestes se esconde una realidad inquietante: el ascenso de un nuevo mesianismo empresarial de ultraderecha, confeccionado a la medida de un electorado exhausto, pero peligrosamente dispuesto a canjear sus garantías democráticas por una ilusión de seguridad absoluta.
De la Espriella encarna a la perfección la figura del candidato outsider multimillonario, una estirpe política que encuentra su principal referente contemporáneo en el salvadoreño Nayib Bukele, en el caso de América Latina, o ya, de plano, en Donald Trump.
El discurso del mandatario electo colombiano, centrado en la construcción de megacárceles y la aplicación de una «mano dura» implacable contra la criminalidad, imita deliberadamente esa receta populista donde el fin justifica los medios. Este modelo somete los derechos humanos y el debido proceso al arbitrio de un hiperpresidencialismo punitivo, vendiendo la idea de que la ley es un estorbo para la justicia y que los magnates, por el simple hecho de poseer grandes fortunas y marcas de lujo, están dotados de una superioridad moral y gerencial para enderezar naciones.
No obstante, la historia reciente demuestra que este experimento suele deparar más naufragios que milagros. La región acumula suficientes testimonios de la incapacidad de estos líderes para traducir sus arengas en bienestar real. En Argentina, el dogma libertario de Javier Milei ha sumido al país en un severo estancamiento con tasas de pobreza alarmantes, mientras que en Ecuador, Daniel Noboa observa cómo los niveles de violencia y parálisis institucional desafían sus decretos de emergencia.
Incluso el espejo original de esta corriente, Donald Trump en los Estados Unidos, demostró que el gobierno de los hombres de negocios tiende a priorizar la polarización constante y el aislamiento sobre las soluciones estructurales. Estos proyectos políticos, lejos de dinamizar las economías, terminan debilitando el tejido social y demostrando que la gestión de un Estado requiere consensos institucionales, no mandatos corporativos.
El verdadero peligro de que esta ola de gobernantes autoritarios y acaudalados se consolide en el continente es su capacidad de exportación ideológica. En el contexto mexicano, este fenómeno enciende alarmas directas ante la posibilidad de que se empodere a figuras del corte de Ricardo Salinas Pliego, el más grande usurero del país, quién licra con la necesidad de los que tienen menos recursos.
La narrativa de que los magnates disruptivos y beligerantes son los únicos capaces de romper el estancamiento político abre la puerta a agendas que, bajo el velo del crecimiento y la eficiencia, agitan el resentimiento y desmantelan los contrapesos democráticos.
Al final del día, estos proyectos de ultraderecha agravan de manera dramática la desigualdad estructural; las exenciones fiscales, la desregulación a ultranza, la explotación del territorio sin visión humanista y la precarización laboral terminan beneficiando de forma exclusiva a las élites más ricas, mientras hunden todavía más a las mayorías pobres en la exclusión.
El triunfo virtual (hasta que se cuenten todos los votos) de De la Espriella en Colombia no es un hecho aislado, sino la advertencia de un modelo que prospera en la desesperación para terminar ensanchando las brechas que prometió cerrar. Un fantasma recorre América… El fantasma de la ultraderecha.
